
Dicen las malas lenguas que de bebé yo era bonita, estaba pelona y con hoyuelos en las mejillas, y era gordita, de esas bebitas que se ven bien sanas. Crecí y mi "sanidad" fue creciendo conmigo, producto de ser consentida en exceso y no recibir un "no" cada que pedía algo de comer. A los cinco años veía televisión todo el día y le hacía caso a cada anuncio de golosinas que veía, recuerdo a Capulina mandándome a comprar unos pingüinos Marinela mediante una cantaletita: "requeterebuenos son", y yo le pedía a mi mamibicha uno cincuenta (pesos) y me iba corriendo a la tienda, antes de que terminaran los comerciales. Cuando mi maestra de kinder me vio al regresar de vacaciones por poco y no me reconoce, "¿Pero, qué le pasó?", le preguntó a mi mamá. Pasó que había engordado, con apenas cinco años ya era una persona obesa.

La gordura me acompañó hasta la adolescencia, crecí entre burlas, torpeza física y complejos, era la última en ser elegida en la clase de Deportes, cuando se formaban los equipos de volibol; los niños se peleaban por no ser mi pareja en la clase de danza; los apodos sustituían mi nombre; me volví tímida y apocada, refugiándome entre libros, muñecos de peluche, televisión... y más comida. Como muchas, mi familia era de las que celebraban comiendo, ya fuera en épocas de vacas gordas o flacas, la comida era, en sí misma, un motivo de celebración. Cada cumpleaños, cada ascenso, cada diploma era festejado con un pequeño banquete. Las sobremesas eran la mayor actividad del día. Así, la comida se volvió al mismo tiempo mi verdugo y mi refugio, comía para consolarme y comía para festejar, hasta que un doctor concientizó a mi mamá de los riesgos de los malos hábitos alimenticios combinados con el sedentarismo. A los doce años acompañaba a mi mamá a las pistas de tartán y comíamos berros bañados de yogurt natural, el desarrollo me ayudó un poco y mi sobrepeso se redujo a sólo tres o cuatro kilos de más; sin embargo, jamás dejé de sentirme gorda ni dejé de recibir ese trato, ahora lo pienso y realmente me indigna la presión que tienen las adolescentes para ser flacas, basta no estar en los huesos para ser considerada gorda. Y eso que hablo de los tiempos en que la anorexia no estaba en el vocabulario de nadie, Karen Carpenter seguía viva y nada apuntaba a que habría una moda de no comer.

Sin embargo, las gordas de la secundaria y prepa teníamos prohibido usar mezclilla strech o mallones, tan penalizadas como los barros en la frente eran las "llantitas" que sobresalían de los jeans o los muslos que se juntaban al caminar. Injusto, pues la adolescencia es una etapa de descargas hormonales que alteran tanto el interior como el exterior de un postpuberto, exigir perfección cuando aún no se acostumbra uno a manejar su propio cuerpo es un crimen. Pero es la etapa en que más importa la aprobación, y saberse gorda es una limitante muy seria. Aunque hacía más ejercicio del que hacía una jovencita regular, no conseguí nunca tener un cuerpo atlético, ni siquiera cuando combinaba la natación, los aerobics y una dieta de 1200 calorías. Sólo hubo dos momentos en mi vida en que estuve en mi peso (no el ideal, sino dentro del rango normal): cuando dejé de comer y cuando vomitaba todo lo que comía. Lo primero fue cuando tenía diecinueve años y fui embaucada en un trabajo en donde no me pagaban, tenía además conflictos familiares (aderezados con ese radicalismo juvenil que hace ver todo blanco o negro) y lo único que quería era no estar en mi casa, así que salía muy temprano en las mañanas y regresaba lo más tarde que podía, la falta de ingreso me hacía pasar el día con una coca-cola en el estómago y el mal ambiente en casa me hacía llegar directo a la oscuridad bajo las sábanas, semanas con ese régimen me dio la satisfacción de poderme sentar sin que ningún rollito se formara en el torso y abdomen; luego ya vino la paz hogareña y dejé de perder el tiempo en esa seudoempresa, aunque me seguí malpasando ya sólo era en los últimos días de la quincena. Quizá por eso no recuperé el sobrepeso perdido, la primera mitad de mi segunda década pude incluso presumir de una figura proporcionada.

Después vino una etapa muy tortuosa, de gran desequilibrio emocional, mi telenovela no la voy a contar hoy pero puedo decir que perdí mucha vida por una depresión abismal, en esa horrible etapa perdí incluso algo de capacidad sensorial, el sentido del gusto principalmente: la comida me parecía intragable y la poca que me llevaba a la boca salía casi de inmediato, me sentía ahogar y no encontraba alivio hasta que la vomitaba toda. Fue cuestión de semanas para que el espejo me devolviera una imagen mucho más esbelta, de todos los cambios que mi cuerpo ha tenido ese fue el más favorable (en un sentido estético), y ninguna de las consecuencias perjudiciales a mi salud me hizo lamentar haber perdido peso de ese modo. Así de importante se nos hace sentir que es estar delgada. Esa fue la segunda vez que estuve en mi peso adecuado. Con todo, tengo que decirlo: cuando empecé a ganar peso otra vez fue cuando supe lo que era sentirse atractiva. A medida que iba engordando el sobrepeso se acomodaba estrategicamente, y aunque nunca me sentí bien -la depresión mutó pero no se fue- y nunca dejé de anhelar estar delgada, puedo decir que cuando fui una gordita buenona tuve mi época de más "pegue". Hay una gran cantidad de hombres a los que les llama más la atención un cuerpo con sustancia, con redondeces voluptuosas. Sin embargo, yo no me sentía bien, y eso es algo que lamento ahora que veo a estas modelos size plus lucirse orgullosas: debí haberme permitido el sentirme bien conmigo misma. Orgullosa de mí.

Pero hice lo contrario, me recuerdo (y ésta es una confesión que no había hecho antes) mirándome al espejo desnuda, tratando de convencerme en que podía dejarme ver por alguien más sin producirle repulsión, pero nunca lo logré. No me perdoné ninguna adiposidad, ninguna estría, ninguna zona con piel de naranja. Incluso recuerdo haber tenido un pretendiente terriblemente guapo, varios años más joven que yo y con un cuerpo esculpido por horas en el gimnasio, y aunque a mí ese niñote me encantaba jamás me permití llegar a nada más que un flirteo tonto por vergüenza a mi imperfección corporal. Me dio pena unir mi flacidez a su cuerpo tonificado, me dio terror mostrarme a él sin la ayuda del brassier, de la lycra en los muslos, sin los centímetros de más que me regalaban las zapatillas y sin el auxilio del maquillaje en mi rostro. Simplemente no me lo permití. Y recuerdo haber seguido durante meses una dieta estricta sólo para poder meterme en un vestido ajustado y pasar frente a él... y contentarme sólo con su mirada admirativa. Porque a la hora de quitarme el vestido en la noche, agradecí que él no estuviera ahí. No sé si esto sea difícil sólo para mí, pero el sexo es un tabú por el simple hecho de no saber como mantener la luz apagada, por no estar a gusto más que en una posición, por no poder animarse a seducir, a tomar la iniciativa, a exponerse al rechazo que uno anticipa casi con seguridad. Y eso me pasaba cuando las miradas me seguían, ahora ya de plano no me permito pensarlo. Aunque aún ahora puedo comprobar que hay hombres que no desprecian un cuerpo voluminoso... y que el problema no son ellos. El enemigo está dentro. Es el que nos hace comer y culpabilizarnos después, el que nos impide encarar al espejo, el que nos desmotiva a probarnos esa blusa, a aceptar esa caricia, el que nos orilla vestirnos de negro, a no salir en traje de baño, a castigarnos por no poder continuar la dieta, a cubrirnos con una túnica que más bien parece una cortina, el que nos hace avergonzarnos de quienes somos, lamentarnos de quienes somos, lacerarnos por quienes somos.

Hoy tomo como prioridad estar sana, y sé que este peso que he acumulado no sólo es un lastre emocional sino también es un freno para un estado óptimo, pero cada vez un poco más entiendo que también mi salud depende de que aprenda que soy más que una mujer gorda, que no es la única característica que tengo, ni es la única que importa -como aprendí-; que muchos de estos complejos fueron injustamente sembrados y que mientras transformo mi cuerpo en uno más funcional, también debo transformar mi pensamiento en uno que rechace los juicios severos -propios y ajenos- sobre mi cuerpo.