viernes, 19 de junio de 2009

La Muerte del Emperador


Pero nos dieron, Maximiliano, un trono de cactos erizados de bayonetas. Nos dieron una corona de espinas y de sombras. Nos engañaron, Maximiliano, y me engañaste tú. Nos abandonaron, Max, y me abandonaste tú. Setenta veces, trescientos sesenta y cinco días me lo he repetido, frente al espejo y frente a tu retrato, para creerlo: nunca fuimos a México, nunca regresé a Europa, nunca llegó el día de tu muerte, nunca el que, como ahora, estoy viva.
Carlota en Noticias del Imperio.

Pidió que no le dispararan al rostro para que lo pudiera reconocer su madre, la que le ordenó que no abdicara, que lo prefería muerto antes que humillado. Pidió como último deseo que le cantaran Las Golondrinas, su canción mexicana favorita. Y gritó "¡Mexicanos! Muero por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. Ojalá que mi sangre ponga fin para siempre a las desgracias de mi nueva patria. ¡Viva México!" antes de que las balas le perforaran el traje imperial.

Maximiliano fue abandonado por todos: por Napoleón III, quien lo sugirió para el trono de México y luego le retiraría las tropas que necesitaba para defender su imperio dos años antes de lo convenido; por los conservadores que lo trajeron al país ofreciéndole la corona, y que se disgustaron por sus ideas liberales y progresistas; por el Vaticano, cuando no accedió a suprimir la libertad de cultos y regresar los bienes al clero; por la realeza europea, que jamás le perdonó su espíritu pacifista y que no respondió a las súplicas y reclamos de su esposa Carlota cuando fue a solicitarles ayuda; por la misma Carlota, ausente en su delirio angustiante por la pérdida de su imperio -fue ella quien lo convenció de aceptar la aventura de reinar en un país desconocido y lejano-. Y por la suerte, que nunca estuvo de su parte en ninguna de las empresas que inició con las mejores intenciones. Ni su virreinato en Lombardía, ni su matrimonio con su amada princesa portuguesa, ni la construcción de su castillo en Miramar, ni el desarrollo de su país anfitrión, al que sinceramente quiso mejorar económica y socialmente, y del que se enamoró por sus tradiciones, su colorido, sus paisajes y las posibilidades que vió en él.

Aunque se dice que cuando estaba en alguna de sus constantes estancias en Cuernavaca, era cuando realmente había un gobernante en el Castillo de Chapultepec, pues la emperatriz estaba más capacitada para gobernar el imperio mientras él se paseaba en la alameda frente al Palacio de Cortés, al lado de la india bonita, su más célebre amante.

De nada sirvió la campaña internacional, encabezada por el célebre Víctor Hugo abogando por la vida del archiduque a Juárez, en una carta que se escribió un día después de la ejecución. El General Mariano Escobedo dejó su testimonio -dirigido al Presidente Juárez- sobre la captura y ejecución. Y el mismo Maximiliano dejó una misiva escrita un día antes, pero con fecha de ese 19 de junio de 1867:

¡A punto de sufrir la muerte por haber ensayado, con nuevas instituciones, poner fin a la guerra sangrienta que desde hace años desolaba este desgraciado país, yo daré mi vida con alegría si este sacrificio puede contribuir a la paz y la prosperidad de mi nueva patria. Profundamente convencido de que nada durable puede ser fundado sobre un terreno regado de sangre, sacudido por las más violentas agitaciones, os conjuro ódice a Juárezó de la manera más solemne, con la sinceridad que comporta el momento al que he llegado, que mi sangre sea la última derramada. Consagraros a proseguir el noble objetivo que os habéis propuesto con perseverancia y a la causa que usted ha defendido y que acabáis de hacer triunfar, perseverancia que yo he reconocido incluso en la prosperidad.

Reconciliar los partidos y haced, con unos principios sólidos, una paz durable para este país!

Del breve paso de Maximiliano por estas tierras, nos queda el camino que mandó construir del Zócalo a su residencia: el Paseo de la Emperatriz -que tras el triunfo liberal sería renombrado Paseo de la Reforma-, vía que enlazaba el Palacio Imperial -hoy Palacio Nacional- con la que consideró la única edificación digna de ser habitada: el Castillo de Chapultepec; del cual bajaba cada mañana en un transporte tirado por dos mulas, para zambullirse en los Baños de Moctezuma, manantiales de más de 15 metros de profundidad, de los cuales salía media hora después, previa advertencia a todos los paseantes para que salieran de la zona, pues el archiduque era pudoroso en extremo.

También nos queda el Jardín Etnobotánico (y Museo de Medicina Tradicional y Herbolaria), alojado en la finca en donde le gustaba pasear y dictar correspondencia, que adquirió y donó al gobierno mexicano -es conocida su afición como herbolario-. Así como el desarrollo de la Academia de Ciencias y Literatura, del Museo de Historia Natural y del Museo de Arqueología.

Plus: Imágenes para el Imperio (Museo Soumaya)

7 ideas en tránsito:

armando dijo...

Maximiliano, el gran incomprendido. Más liberal que el propio Juárez ha sido una de las figuras más románticas de nuestra historia.

Por cierto, dicen los especialistas que el concepto de "México" tal como lo conocemos hoy surgió de la guerra de Juarez en contra del imperio.

Para bien o para mal el "emperador" fue una parte muy importante de la cosolidación de México como nación.

Me encantó el post (también soy fanático de la historia)

Saludos

A dijo...

Hace unas semanas estuve en una boda, la novia mexicana, el novio austriaco, en el discurso (que dijo tres veces: aleman, español e ingles) mencionaba que el habia roto la maldicion, que lo habian 'ejecutado' a los cinco años, y que no habia penacho que valiera lo que su amada esposa.

Nada que ver, solo me hiciste recordarlo

Besos transnacionales
A.

malbicho dijo...

@Armando
qué bueno que te gustó, luego nos ahondas en ese concepto de "México", me parece muy interesante lo que comentas

saludos!

@A
qué internacional andas!, y qué bonita metáfora de tu amigo sobre el penacho

(ah, el amor!!)

y con qué se brindó en la fiesta?, cerveza, tequila y coca-cola?

marichuy dijo...

Yo siempre he sido admiradora de Juárez, de su Reforma Liberal; pero el asesinato de Maximiliano es algo que jamás he podido entender. El pobre austriaco, fue una victima de las ambiciones de la monarquía europea y un incomprendido, por parte de los mexicanos.

Grande ese libro de Fernando del Paso, que citas.

malbicho dijo...

y de los europeos, para él las injusticias comenzaron desde su misma familia, el trono de México parecía ser el galardón que finalmente le reconocería su nobleza

aunque se esforzó en entender, conocer y adaptarse al país y a su entorno, no comprendió a tiempo que América no era lugar para establecer un imperio, tuvo su oportunidad de marcharse con el orgullo herido pero con el físico sin rasguño para volver a aburrirse en su castillo de Trieste, pero al parecer eso también era inaceptable en su dinastía

El Signo de la Espada dijo...

Llevóselo la verdura pues era la usanza en aquellos tiempos. Juárez era un hombre de su tiempo. Yo no encuentro justificada su ejecución. Pero mantenerlo vivo habría sido carísimo para el país y no lo digo en términos económicos.

En fin. Te voy a espamear, Malbi:
Léanse el churro ese que escribí hace meses que se llama Pallida Mors, lo encuentran en el sidebar de mi blog. En parte de ese cuento se habla sobre ese suceso de la muerte de Maximiliano.

malbicho dijo...

@signo
ya lo leí, tu cuento me recordó a una historia que está dentro de otra, y que se llama "bufo y spallanzani" (o algo así), de rubem fonseca, no es que se parezcan las historias sino el ambiente de laboratorios y eso

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