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lunes, 1 de octubre de 2012

La Edad de la (Tercera) Inocencia


Cuenta la mamibicha que el abuelito Martín decía: "Eso de cuando somos viejitos volvemos a ser como los bebés, no es cierto, porque a los bebés les besan la pancita, les besan sus piecitos, les besan hasta la colita... ¡y ya parece que a nosotros los viejos nos van a estar besando la colita!" -je-. Era un viejo adorable el abuelito Martín, caminaba por todas las calles de la ciudad con una canasta en el brazo, llena de delicias dulces: charamuscas, obleas de colores, ates, palanquetas, natillas, muéganos, cocadas, pepitorias, jamoncillos, macarrones, borrachitos, camotes y otras variedades del dulce típico mexicano que hacía con sus propias manos. Nos visitaba de vez en vez y siempre era recibido con entusiasmo, porque además de que -literalmente- con él llegaba la alegría (otro dulce típico), y de su mano bien podríamos recibir tanto una trompada como una gloria (otros más), mi mamá nos transmitió el gran cariño que tenía por él, así como el respeto que rayaba en la veneración (nos enseñó a saludarlo con un beso en la mano).

Aparte de un buen humor permanente, el abuelito Martín derramaba bondad. E independencia. No sólo ayudaba a sus hijos caídos en desgracia económica, acogiéndolos en su casa y compartiéndoles el pan y la sal, sino que jamás permitió ser una carga para ellos, siguió trabajando de lo que encontraba rechazando la ayuda económica que le hacían llegar eventualmente. Sin ponerse de acuerdo, tenía una actitud similar a la de la abuelita Lola, que aceptaba los billetes que sus hijas le daban, sólo para enrollarlos y guardarlos en un cajón oculto, y devolvérselos cuando atravesaban por una situación dificil. Durante muchos años se sostuvieron de la venta de los dulces caseros que él hacía en las tardes y salía a vender por las mañanas, teniendo tan buena acogida que era habitual que regresara a media mañana con la canasta vacía, para volver a salir enseguida con una nueva remesa de dulces hacia otro rumbo de la ciudad.

La única vez que pidió ayuda económica fue para rescatar sus terrenos del pueblo de Pozos (Guanajuato), pues tenía que cercarlos para que no los invadieran nuevos vecinos que se aprovechaban de su ausencia. Fue cuando mi papá viajó con él y dispuso para que se rodearan con palos y mallas las tierras, y se levantaran unos cuartos provisionales para que pernoctara ahí un velador, pero hubo malinterpretaciones de esa acción por parte de algunas hermanas de mi mamá, que levantaron un reclamo sospechosista de que mi papá -con fama de abusivo y prepotente... hasta eso medio bien ganada- quería quedarse con las tierras. Ofendido y digno mi papá se hizo a un lado y esos terrenos no fueron bien protegidos ni bien trabajados, y mi abuelo murió un par de años después en esos cuartos, apenas un poco más acondicionados para alojar a alguien. Murió de frialdad, dicen, minada su salud por el trabajo físico y la desatención al querer echar a andar esas tierras, sin recibir ayuda de casi nadie, pues sus hijos estaban muy ocupados con sus vidas citadinas para ir a  perderse en esa tierra de nadie, tan agreste y tan desértica, que fue elegida para representar el pueblo fantasma de Comala, en una de las versiones cinematográficas de Pedro Páramo.

Fotografía de Lee Jeffries
Generalmente son este tipo de conflictos familiares los que terminan provocando la desatención de un anciano: no todos los hijos se involucran en la atención de sus padres envejecidos, no hay acuerdos entre hermanos para cubrir las necesidades de sus padres ancianos, se decide egoistamente sobre sus bienes, la carga económica y emocional suele recaer sólo en uno, al que a veces no se le reconoce su labor (ni los otros hermanos, y a veces ni el anciano mismo), no se tiene la suficiente preparación para lidiar con sus nuevos requerimientos, tanto de atención física como de convivencia. Así como el anciano pierde facultades físicas, también su carácter se va desgastando, y tienen menor tolerancia a la frustración y mayor vulnerabilidad emocional, lo que los vuelve más conflictivos. Se resienten fácil, se impacientan más, malinterpretan acciones y provocan malentendidos... la imagen de una abuela tierna y sonriente no es tan común, lo es más la de un anciano gruñón y malencarado, eternamente inconforme con un mundo que no está preparado para darles el espacio que merecen.

Imagínense, por un momento, en sus (desgastantes) zapatos:

Tu cuerpo se ha deteriorado, aún cuando te hayas esforzado por mantenerte sano, el proceso natural de envejecimiento disminuyó tu fuerza y tono muscular, acumulando grasa y perdiendo líquido, esto se refleja en tu piel, tu postura y tus funciones digestivas; también has perdido o se te han debilitado tus dientes, la dificultad para masticar repercute en los nutrientes que asimilas, a la larga esto también te hace más débil; se han limitado tus actividades, no tienes la suficiente energía para hacer tus ocupaciones anteriores, han disminuido tus capacidades físicas y también las intelectuales, no sólo al caminar eres lento, también te tardas más en entender y no captas toda la información, se te olvidan las cosas; encima estás de malas más seguido, el estrés y la impotencia te acompañan todo el tiempo; la gente te urge para todo: para cruzar la calle, para subir a un transporte, para hacer un trámite engorroso que no alcanzas a comprender en su procedimiento porque no escuchaste bien las instrucciones, no alcanzas a leer las indicaciones y te has cansado de estar formado por tanto tiempo. Incluso sentarte cuando te han cedido el asiento y levantarte cuando llega tu turno o tu destino es demasiado esfuerzo. Te explican con palabras que desconoces como utilizar aparatos que tampoco te son conocidos. La tecnología avanzó más rápido que tu, al igual que las costumbres, que los modales, que la vida misma. Porque es la vida la que te dejó atrás... no supiste cuándo pasaste de dirigir el rumbo y marcar el paso, a quedarte relegado en el camino, incluso, a parecer un estorbo para los demás. Esa es otra de las muchas cosas que no entiendes.

Fotografía de Lee Jeffries

A pesar de convivir con ella todo el tiempo, nada nos prepara para envejecer. El sueño de la eterna juventud se ha vuelto realidad en nuestra mente: no nos imaginamos viejos... ni aún cuando el espejo nos dice que ya lo estamos. Tampoco nos preparamos para atender a un anciano, así sea nuestro propio padre o nuestra propia madre. No prevenimos. No acondicionamos la casa ni abrimos una cuenta extra, y la vejez (nuestra o ajena) nos sorprende en la estrechez y en el segundo piso, con gastos y escaleras que sortear día a día con los bolsillos vacíos y con dolor en las rodillas.

Y quizá nos prepararíamos para sobrellevar mejor la vejez, si aprendiéramos a verla como algo inherente a nuestra propia naturaleza, inevitable pero no trágico, incluso: ventajoso, anhelable. En culturas antiguas el anciano era venerado; la ancianidad se vinculaba con la sabiduría y conocimiento de la vida, así como también se ligaba la seguridad con la experiencia. En esas sociedades que afrontaban riesgos hoy inimaginables, el anciano había sobrevivido a vivencias que le significaban un conocimiento valioso al resto de la comunidad, además de garantizar la conservación y continuidad de las tradiciones a través de su ejemplo y su consejo. Pero la gerontocracia se fue debilitando a medida que el anciano se fue vinculando a lo no productivo, especialmente a lo económicamente no productivo, que parece ser el mayor pecado de esta sociedad materialista.

En esta era del botox, la vejez tambien ha llegado a ser el mayor de todos los miedos.

Fotografía de Lee Jeffries

En culturas orientales todavía se tiene un respeto y un aprecio por la vejez, pero a medida que se van occidentalizando también aparecen los signos de rechazo hacia sus condiciones, la sociedad busca atesorar la juventud como símbolo de productividad y capacidad a plenitud... sin embargo, hay ejemplos de una vejez plena y digna, todos conocemos un caso de vitalidad longeva, de una jovialidad que parece eterna y de una sonrisa (o una mirada) que no envejece pese a estar rodeada de arrugas.

Hace unos días, la noticia de una admirable mujer de 92 años practicando esquí, sorprendió al mundo entero. Es especialmente sorprendente cuando uno reflexiona en lo difícil que ese deporte es para alguien con articulaciones débiles, y que después de nueve décadas esa abuela argentina tenga la resistencia para descender una montaña, soportando su peso en las rodillas, arranca un aplauso mayúsculo.

Y la mente es igual... o incluso mejor. Contradiciendo -sólo en parte- al gran Aristóteles, quien se preguntaba “por qué tenemos más inteligencia al llegar a viejos pero aprendemos más de prisa cuando somos jóvenes” (como también asegura el dicho popular que dice: "Perro viejo no aprende trucos nuevos"), Ayn Rand, escritora rusa, comenzó a interesarse en la filatelia cuando rebasaba los 60 años, puede parecer nada, pero este hobbie requiere de una gran memoria y presteza mental.

Eisenhower, el presidente norteamericano que gobernó en el inicio de la segunda mitad del siglo XX, se adentró en la pintura cuando tenía 58 años, sin tener un conocimiento previo.

La célebre Marie Curie no aprendió a nadar sino hasta que dejó pasar sus primeros 50 años, y lo hizo a instancias de sus hijas, que fueron quienes la enseñaron y practicamente la obligaron a aprender. Y cuando lo hizo, se entrenó para romper los récords de la universidad en que practicaba la natación.

Y el admirado Leon Tolstoi aprendió a andar en bicicleta a los 67 años, un mes después de que murió su pequeño hijo de siete.

Tolstoi y su bicicleta

Hoy es el Día Internacional del Anciano, declarado así para hacer conciencia sobre el abandono que recibe esta parte de la población que acrecenta su número año con año, no sólo en edad, sino también en porcentaje, dentro de 30 años seremos mayoría los que sobrepasemos los 60 años, y estaremos en un mundo que no estará preparado para cubrir nuestras necesidades... a menos que actuemos para revertir esta situación. Así que no dejemos que nuestra voluntad envejezca y preparémonos a no sufrir esa etapa de vida, gocémosla y aprovechémosla, tanto en nosotros como en las personas a quienes debemos la devolución del cuidado y las atenciones que nos brindaron cuando no podíamos valernos por nosotros mismos. Disfrutemos la vejez propia y también la ajena, que bien dice una voz popular: 

"Viejos los vientos... y todavía alzan faldas".

viernes, 18 de noviembre de 2011

Platillos Revolucionarios


Me cuenta la Mamibicha que su mamá (ya les presenté aquí a mi abuelita Lola, y también ya saben lo que decía sobre Juana Gallo, mítica lideresa revolucionaria) le contó a su vez de cuando "Los pelones" entraron a su casa. Ella tenía doce años y la entrada intempestiva de los soldados del ejército causó temor y angustia, pues solían llevarse a los hombres de los pueblos y rancherías para incorporarlos a la lucha contra los revolucionarios, así fueran niños de doce o diez años, los cuales se escondían en donde podían, a veces, ese escondite tan sólo era la amplia falda materna, bajo cuyas enaguas el niño contenía la respiración y guardaba silencio, procurando no ser descubierto. También se llevaban a las mujeres jóvenes, así fueran tan sólo unas niñas entrando a la adolescencia. Por eso el temor tan grande. Pero "Los pelones" (llamados así por sus cabellos cortados al rape), sólo tuvieron ojos para lo que pudiera ser comestible, sin embargo, los frijoles en la olla de barro todavía estaban duros ("parados", decía la abuelita Lola, para describir ese momento en que todavía no se ablandan tras romper el primer hervor); el hambre de los soldados era tanta que exigieron se les sirvieran así, y las mujeres de la casa se apresuraron a poner en el comal de barro, tomates y chiles para asar y poder molerlos después en el molcajete, y tortillas de maíz formadas y aplanadas en las diestras palmas de las manos. Al final, los soldados salieron con la misma rudeza con la que entraron, agradeciendo apenas que se les hubiera aliviado el hambre con un caldo de frijoles tiesos, y una gran cantidad de tortillas enchiladas con salsa verde. 

En tiempos de la revolución se comía lo que estaba a la mano, que no podía ser mucho, apenas tortillas duras troceadas, mojadas en una salsa amartajada en ese práctico utensilio que es el molcajete, mortero de piedra volcánica que permite moler verduras para sazonar o acompañar otros alimentos. Así nacieron los chilaquiles, que no siempre se podían freir en manteca ni bañar con una lluvia de queso. A veces la buena fortuna permitía cazar alguna liebre o un ave que asar o cocer en un revitalizante caldo, pero ho que sí se podía beber siempre era un energético atole de maíz, un café o un mezcal en esos campamentos improvisados. 

La tradicional "discada", platillo representativo del norte del país, también nació en esos tiempos, cuando se utilizaba un disco de arado que había perdido el filo, para freir chorizo, tocino y carnes, junto a chiles, cebolla y otras verduras que se tuvieran a la mano, que luego se envolvían en suaves tortillas de harina, como se sigue prefiriendo todavía en la actualidad en esas regiones del país. Los frijoles eran tan indispensables como el chile y el maíz, su consumo era parte de la dieta diaria, especialmente en los hogares campesinos o pueblerinos, en los que, eventualmente, se les enriquecía agregando carne al cocerse o refreírse, de ahí platillos como los célebres frijoles charros o hos frijoles puercos, que por cierto, algunas variantes de esta receta incluyen atún en aceite, y otras -no lo van a creer-, ¡sardina! 

Los revolucionarios tenían la incondicional ayuda de las soldaderas, mujeres que seguían a los improvisados ejércitos para alimentarlos y curarlos. La célebre foto de la soldadera (que ya nos mereció un post aquí en El Fanzín) que antes se presumía podía ser una prostituta, ahora se infiere que más bien era una cocinera. Se sabe que la parte del ferrocarril en la que se asoma es el carro-cocina, y se pueden apreciar las canastas con alimentos que las otras mujeres cargan.



Obtenían alimentos gracias al pueblo, que se los obsequiaba ya sea por simpatía, solidaridad o miedo, y cuando no era así, se les era robado, al igual que se saqueaba a las haciendas o rancherías por las que se pasaba. A veces la comida se consumía sin detener su camino, sin poder cocerla y mucho menos sazonarla, mezclando la masa de las tortillas con amaranto o nopales, para hacerlas más nutritivas o resistieran más tiempo sin echarse a perder. De esos tiempos nómadas en que había que suplir con improvisación e ingenio la falta de ingredientes, se conserva un platillo que en el nombre lleva todo su peso histórico: sopa de la soldadera

Mientras, en los afrancesados comedores de los beneficiados por el gobierno de Porfirio Díaz que aún conservaban su cómodo estiho de vida, todavía se podían comer crepas y bizcochos franceses, o volovanes (que junto a los pastes se introdujeron a la gastronomía del país por los mineros ingleses instalados en Pachuca, Hidalgo), y que se amalgamaron con productos locales, pudiéndolos encontrar rellenos de huitlacoche, mole o queso fresco. 

 Por cierto, la masa de hojaldre con que son hechos, tiene también una historia interesante sobre su posible origen, ese será el tema del nuestro siguiente post culinario.

jueves, 16 de junio de 2011

Se Me Olvidó Llorar


Y tenía tantas ganas. Sentía unos diques en los ojos conteniendo un desborde inminente. Subi y bajé del transporte, pedí permiso, evadí atropellos, hice un último esfuerzo de caminar los últimos pasos hasta mi casa. Sentía la necesidad de hacer una escena digna de una película de la época del cine de oro nacional, o de telenovela ochentera: subir las escaleras corriendo, abrir la puerta de mi recámara y lanzarme a la cama, sollozante; o dejarme caer en un sillón y apoyarme en uno de sus brazos para ocultar el llanto entre los míos (sin lograrlo, claro, porque la sonoridad y la violencia de los sollozos debe exceder la protección de los brazos sobre los que uno se recarga, teatralmente). Lloro muy bonito, siempre me lo han dicho. Ya sea en silencio, dejando fluir las lágrimas con estoicismo, o bien, sollozando con suavidad casi tímida, o mejor aún, dejando salir todo el llanto sin mesura, con quejidos y espasmos que conmuevan y contagien a los que asisten a mi sufrir (no es mi culpa que mi dolor sea tan estético, que mueva a la solidaridad y a la empatía). Pero se me olvidó. Algo entre la convencionalidad de responder a los saludos e inquisiciones familiares, y la practicidad de aprovechar que la comida estaba caliente, me hizo postergar de momento mi desahogo. Una cosa siguió a la otra y de repente la plática se volvió muy entretenida. Luego la televisión también lo fue. Y la convivencia virtual. Después hacía calor, y ni modo de encerrarme con mi dolor en un cuarto que guarda toda la calidez que recibe durante el día, a través de sus ventanales. Así que mejor salir con un vaso de agua en la mano al patio fresco, y ahí entretenerse con los juegos de los niños, y con las historias que salen de las bocas de las hermanas y de las páginas de un libro. Llegó la noche y con ella cierta calma... y la cena. Y las manos de mi madre transformando el amor en bebidas espirituosas y bocadillos amorosos. Había entonces que corresponder su atención con otro tanto, y escuchar, otra vez, la historia de la tía Toña, a la que le salieron manchas en la piel de tanto temer la llegada de la noche y la consiguiente exigencia de su marido alcohólico de cumplir con su obligación de esposa. Cuando empezaba a oscurecer la tía Toña empezaba, a su vez, a restregarse las manos, nerviosa, y a tratar de distraer su terror con las agujas y los hilos de tejer, a retrasar el momento de dormir convidando a sus hijas a cenar, o con esos ataques súbitos de higiene que la hacían sacar brillo a baldosas y mosaicos en la cocina, o bañar a los nietos, o a solidarizarse con la pena de alguna vecina por un primo muerto, acompañándola a rezar el rosario. La casa de la tía Toña era la más limpia, y se veía de lo más linda con sus sillones cubiertos con carpetas, las primas eran unas mujeres de caderas amplias y mejillas generosas en sonrisas y carnes, de tanto merendar flanes y conchas sopeaditas en el café con canela, mientras los nietos tomaban su leche con los cabellos relamidos y húmedos. ¿Quién iba a decir que la tía Toña, de caminar lento y hablar pausado, que parecía retener el tiempo a su antojo entres sus pasos y entre cada verso cantado en las letanías, y cada saludo a las vecinas de las que se volvía confidente y cómplice durante las largas conversaciones en las banquetas fuera de su casa, se consumía de estrés y nerviosismo? Y de miedo. Porque no importaba cuánto tardaran los nietos en dormirse, espabilados por el baño nocturno y las fuertes restregadas a las rodillas percudidas; no importaba cuánto tardara el canto de duelo en las casas cercanas; ni cuánto tiempo se llevara en terminarse ese mantel deshilado, adornado con petunias en punto de cruz, el tío Juan siempre esperaba paciente, pero ansioso, el momento en que su esposa se metía en la cama para obligarla a cumplir con el sacramento sagrado del matrimonio y con su deber conyugal, así ella se resistiera por dolor, asco o vergüenza. Una semana después de que sus hijos festejaran en grande las bodas de oro de sus padres, la tía Toña pudo por fin descansar una noche, sin miedo y en paz. A la fecha el tío Juan sigue honrando la memoria de su esposa, llorando al recordarla y repitiendo siempre cómo luchó por darle todo lo que ella merecía, y lo feliz que fueron todos esos cincuenta años. Cuando mi madre terminó su historia ya casi era la madrugada. Yo había terminado el té con que buscó aliviar la creciente resequedad de mi garganta -que desde ahí ya se anunciaba severa-. Nos dimos las buenas noches y nos retiramos a descansar, no a dormir, pues el sueño es algo que se nos escapa siempre. Y esa noche agonizante la soledad, el desamor, la tristeza y la insatisfacción también se arroparon conmigo, acunándome, arrullándome. Pero se me olvidó llorar. Quizá por eso luego el llanto salió más amargo y agrio... no es buena idea dejar fermentar esas cosas.

sábado, 30 de octubre de 2010

La Muñeca y el Juego del Miedo


Todo comenzó por esta cancioncita (pónganle play para que se acompañen en su lectura):


Dresden dolls es un grupo de género musical "Cabaret Punk Brechtiano" (así dicen ellos), cuyos integrantes se conocieron en una fiesta de Halloween, justo hace diez años. El nombre viene del bombardeo a la ciudad de Dresde, uno de los eventos bélicos que más se le cuestionan a los aliados, y que fue muy bien aprovechado por la propaganda nazi para erigirse como víctimas; la muy bella ciudad de Dresde era considerada un ícono cultural y un atractivo turístico importante de Alemania, la destrucción de su centro histórico y la muerte de decenas de miles de civiles se considera un crimen de guerra. También era un centro industrial importante -al parecer el conjunto de esas industrias fue el objetivo militar-, entre las de talleres aeronáuticos, ferroviarios, de laboratorios químicos y otras más de importancia estratégico-militar, estaba la de fabricación de muñecas de fina porcelana, característica de esa ciudad y muy cotizada aún en el mercado actual especializado en ese ramo, sobretodo cuando dejaron de fabricarse después del bombardeo. De ahí el nombre del grupo.

Hechas de materiales diversos, como madera, trapo, papel, celuloide ("de sololoy", como se decía popularmente en México) y recientemente de plástico, las muñecas han cambiado bastante con los años, especialmente a finales del siglo XIX, cuando pudieron fabricarse moldes de porcelana (específicamente de biscuit, un material muy resistente que permitía moldear rasgos de perfección sorprendente,aunque de severidad adusta), el producto final era tan costoso que en realidad pocas veces se destinaba como juguete para una niña, y eran las mujeres adultas las que las coleccionaban tras vitrinas transparentes.


Las muñecas son artículos que hoy identificamos con el juego, y que entre otras funciones sirven para canalizar sentimientos heridos como la ira, la frustración y otras emociones infantiles, pero al inicio de la historia de la humanidad tenían otra connotación: eran objetos mágicos o religiosos. En casi todas las culturas se han encontrado vestigios de ellas, especialmente en tumbas, y aunque con el tiempo, también en todas las culturas se ha transformado en un objeto lúdico, es común que se le siga atribuyendo un carácter mágico... o incluso, demoníaco.


(Espacio pagado para un anuncio subliminal de FanzineAdds: La Sonrisa de la Muñeca, cuento breve de Mamá Bicho en la serie de entradas que conmemoraron estos días en el año pasado, del 27 de Octubre al 2 de Noviembre).


Justamente esas caritas de porcelana, tan humanas y tan serias son las que más han alimentado las fantasías de horror. La voz popular dice que los vínculos de las muñecas con sus dueños permanecen aún cuando estos han crecido, han partido o han muerto, asegurando, no pocas veces, que el espíritu se ha posesionado del juguete; además de que son uno de los objetos que más se relacionan con la brujería, utilizándolos como vehículos de hechizos y maldiciones.

Entre tantas historias de muñecas poseídas, aquí en México destaca la de La isla de las muñecas, en Xochimilco, en donde un hombre solitario colgó decenas de muñecas en las ramas del árbol de su chinampa, para alejar el mal espíritu de una joven ahogada (aunque sus vecinos aseguran que ellas fueron las que lo ahogaron en el mismo lugar que el espíritu se aparecía), actualmente este islote es un atractivo turístico.


Pero la historia de Okiku, en Japón, es una de las más famosas y más desconcertantes. La muñeca de porcelana fue un regalo a una niña con enfermedad terminal, la que ni en sus peores días se separó de ella, cuando la pequeña murió la familia olvidó quemar a la muñeca junto con las demás cosas de la niña, y en recuerdo de ella, decidieron conservar al juguete junto a sus cenizas. Con el paso de los meses notaron que el cabello de la muñeca -que originalmente era corto- iba creciendo. En la Segunda Guerra Mundial la familia emigró y confió su cuidado al templo local (Hokkaido), donde se encuentra en exhibición, mostrando que el pelo de la muñeca sigue creciendo año con año. Por supuesto, una de las hipótesis es que el espíritu de la niña habita dentro de la muñeca y que es su cabello el que crece (curiosamente Okiku es también el nombre de otro fantasma famoso en la tradición oral japonesa).


Pero si antes era involuntario el efecto de miedo al ver los rostros de porcelana, en la actualidad el interés por el horror, lo gótico y lo siniestro ha dado paso a muñecas de aspecto intencionalmente repelente, además de los intentos góticos más comerciales, hay otros que proponen una nueva estética, combinando la ternura y el horror:













jueves, 29 de octubre de 2009

La Asadura


Dos viejecitos que no tenían que comer salieron a distraer el hambre en el quicio de su puerta, para tomar el aire nocturno; en su interior, cada uno lamentaba el ayuno de varios días que llevaban, entristeciendo aún más ante la nula posibilidad de saciarla en los días venideros. A lo lejos, vieron que un pequeño cortejo fúnebre se acercaba; cuando las tuvieron de frente, las personas que cargaban el féretro les contaron que enterrarían el cuerpo en la ranchería siguiente, pidiéndoles asilo por esa noche. Amables, los ancianos ofrecieron con gusto su casa, cediéndoles su cama y convidándoles un agua caliente aromatizada con hierbas silvestres. Cuando lo huéspedes se retiraron a descansar, el señor le sugirió a su esposa que le sacaran la asadura al muertito.

- ¿La qué? -preguntó la sorprendida mujer.

- La asadura, las vísceras. Al muertito ya no le sirve, pero a nosotros nos puede servir para no morirnos de hambre.

Fue precisamente el hambre lo que convenció a la horrorizada esposa de obedecer a su esposo, incluso, de ser ella la que abriera con seguridad el abdomen del difuntito cuando el señor se arrepintiera en el último minuto. Hígado, corazón, riñones y tripas fueron extraídos con precisión quirúrgica, lavados, hervidos, tasajeados, salados, guisados en chile guajillo y ofrecidos a los huéspedes a la mañana, quienes se despidieron agradeciendo el alojamiento y el delicioso almuerzo (tras el cual incluso la carga parecía más liviana).

Golosos, los viejitos comieron hasta hartarse y quedar dormidos en un sopor tan pesado del que no salieron hasta muy avanzada la noche, cuando comenzaron a oír a lo lejos una voz que decía una cantaleta, que se iba repitiendo una y otra vez, a medida que la voz se iba escuchando cada vez más cercana, cada vez más próxima. Incrédulos, confundidos en un inicio, escucharon la voz recorrer el sendero que daba a la entrada de la casa, la oyeron atravesar el patio, entrar a la sala, subir por las escaleras hasta llegar a la puerta de la recámara en la que ellos se encontraban abrazados, temblando de miedo, aterrorizados de escuchar la cantaleta que repetía: “Din, don… vengo por mi asadura”.

miércoles, 28 de octubre de 2009

La Sonrisa de la Muñeca

Las muñecas finas de hace mucho tiempo eran de porcelana. Tenían una hermosa y pálida carita sobre la que se había dibujado, con maestría, unos ojos enormes y unos lindos labios color carmín, cerrados en una sonrisa ligera. A mi mamá se le advertía del peligro de dormirse junto a su muñeca, contándole de la niña que no había obedecido cuando se le dijo que no durmiera abrazada a la suya, y que había sido encontrada muerta después de que la linda muñequita volteó hacia ella sus ojos, diciéndole con una inquietante vocecita: “Mira mis dientes”.

martes, 27 de octubre de 2009

A MÍ QUE ME LLEVE EL DIABLO

LAS FIESTAS SON DEL DIABLO

A mi abuelo le encantaba el baile. No podía oír que la música llegaba traída por el viento, porque no podía detener sus pies hasta que encontraba el lugar de donde provenía. Entonces bailaba toda la noche. En balde Doña Celsa, su madre, le advertía que las fiestas eran del diablo. El apuntaba las orejas como un radar para saber en que poblado era el baile y se iba a su encuentro. Una vez una alegre música lo despertó. Había baile bajando el cerro. Se calzó sus huaraches, se puso su pantalón largo de manta y salió silenciosamente del jacal donde dormían sus padres. Llegó a las faldas del cerro y la música parecía salir de una ranchería cercana, bordeó la colina pero la música no venía de ahí, sino de atrás del monte. Al llegar parecía que salía de la barranca. Llevaba horas caminando y de repente se acordó de su madre. Y echó a correr rumbo a su casa mientras pensaba en voz alta: "Ahora sí que me lleva El Diablo".


Nota: Esta serie de relatos debía comenzar con el de "De cuando el diablo vino a la ciudad" (sólo que me adelanté a la época -je-).

miércoles, 19 de agosto de 2009

Juana Gallo

"No sé que tienen mis ojos... ¡qué puros cabrones veo!"
Juana Gallo.

Posible foto de Juana Gallo y su versión cinematográfica


Ícono revolucionario y emblema de mujeres aguerridas, Juana Gallo obtuvo un rostro hermoso gracias al cine mexicano y a la soberbia de María Félix, que estaba en búsqueda de papeles que reafirmaran el cliché que terminó en volverse. Originalmente el papel había sido ofrecido a Lucha Moreno, cantante vernácula cuya interpretación es la más famosa del corrido homónimo. Corrido compuesto por el mismo autor del guión cinematográfico, Ernesto Juárez, seminarista, diputado, dibujante y letrista, entre otras de sus versátiles ocupaciones, pero no historiador, por eso la película es más una fantasía que un documento histórico.


Tratando de reconstruir la historia verídica, en medio de la indignación popular zacatecana, que recriminó al cine la versión falseada de una de sus más importantes figuras históricas, Ignacio Flores Muro escribió un libro titulado "La verdadera historia de Juana Gallo", en base a investigaciones y testimonios recogidos de la tradición oral. El folclor trazó entonces a una Juana Gallo no tan atractiva físicamente, más cristera que revolucionaria, capaz de encabezar una revuelta popular y espetar al general Benjamín Hill cuando clausuró las iglesias: "Mira general, tráenos aquí a tu madre y ponte unas naguas pa´ que te llevemos al cuartel", y un poco después, cuando el vicario ya había calmado los ánimos: "Agradece al chaparrito, que si no... ya podrías saber lo que vale Zacatecas".

Según la versión popular que se recoge en el libro, Juana Gallo se llamaba Ángela Ramos, el mote se lo puso un cura durante su enseñanza básica, por su carácter pendenciero. También se dice que vendía tacos de canasta en las cantinas, tanto en la de más prestigio como las más populosas, al igual que recorría los cuarteles, buscando procurarse comida y tragos, y que murió empobrecida y sola, en un cuarto humilde alumbrado por una veladora. Pero ésta pudiera no ser más que una mujer que adoptó el nombre de la revolucionaria y que se fue transformando en la leyenda.

Buscando también la verdad, el periodista Ignacio Belmont, llegó hasta Ciudad Juárez, ahí una mujer envejecida, de nombre María Soledad Ruiz Pérez, le aseguró ser Juana Gallo, y que incluso, en una reunión en la residencia presidencial Los Pinos, le reclamó a María Félix: "Usted hizo una cosa muy sucia, yo no tomaba ni una gota de licor ni bailaba con los soldados. Yo era una generala, señora". Pero al parecer Doña María Soledad sólo fue una soldadera y no fue tampoco la verdadera Juana Gallo.

Algunas de las escenas de la película se filmaron en escenarios de un pueblito minero en Guanajuato: Mineral de Pozos. Pozos, como se le conoce popularmente, también fue escenario de una de las versiones cinemátograficas de Pedro Páramo, recreando ahí Comala, el pueblo fantasma, eso da una idea de qué tan árido y vacío es ese entrañable pueblito, cuyo atractivo turístico va en aumento por los recorridos a sus hermosos cascos de hacienda en ruinas y por sus paseos dentro de las antiguas minas. Curiosamente, ese pequeño pueblo es el verdadero origen de las andanzas de Juana Gallo. Quien en realidad se llamaba Juana Lucio, y que estaba tan involucrada con la causa revolucionaria, que no se detuvo al enlistar a sus propios hermanos, padre, tío y sobrinos, aunque en realidad ellos no formaban parte de su grupo armado. Cuando fue alertada de que el ejército iba en su captura, abandonó el pueblo junto con sus hombres, el ejército encontró sus anotaciones, y fue en busca de las personas que respondían a esos nombres, matándolos a todos.

Juana Gallo no se parecía a María Félix. Por el contrario, era menuda, morena, hombruna y con abundante vello facial. Juana Gallo no sólo era una mujer de pelo en pecho, era una mujer con barba.

Mi abuela, Dolores Lucio, sabía la historia de esta mujer porque era su tía: Yo soy descendiente de Juana Gallo. La verdadera.

(O eso es lo que me cuenta mi mamá -je-).

viernes, 3 de julio de 2009

De Tactos. II

FIESTA

Era la Navidad del ‘52. En donde ahora hay un Wal-Mart, antes estaba la planta automotriz Ford. Fue la hermana de mi cuñado quien nos avisó que había trabajo ahí: había que ayudar para la cena de fin de año que les hacían a los trabajadores. Corrí junto a mis hermanas y mis vecinas para unirnos al grupo formado por muchas mujeres mas. “¿Qué vamos a hacer?”, pregunté con la impertinencia de mis catorce años. “Sangüishs”, me dijeron. Me quedé igual, no sabía que era eso. Tampoco lo supe cuando me pusieron el paquete de Bimbo enfrente. Imitando a las demás, abrí la bolsa y saqué una rebanada, con tanta torpeza que apachurré la suave y esponjosa capa, miré con terror a la supervisora, esperando el regaño. Ella dijo que no importaba, que agarrara otra... y que si quería me comiera ese pan. “¿Esto es pan?”, pregunté asombrada, mientras tocaba con extremo cuidado el blando migajón, sin atreverme a hundir los dedos en su acolchonada superficie. Mis hermanas se unieron en mi exploración tocando la masa fofa e inconsistente, que se aplastaba con facilidad ante la presión de nuestras yemas. “Está bien esponjosito”, dijo la menor; “sí, parece un colchón”, le respondí, haciendo como si mis dedos tomaran una siesta. Entre las risas de las demás partí un pedazo y, temerariamente, me lo metí en la boca, sintiendo como se deshacía entre mi lengua y los dientes, y como se me pegaba al paladar. No sé que cara pondría, pues mis hermanas me preguntaron angustiadas si sabía muy feo. "No, sí está bien rico", contesté con la boca llena, pues al instante que la abrí, me metí otro pedazo. Me imitaron llevándose las rebanadas a la boca, riéndonos de la sensación que nos provocaba descubrir su sabor y su textura. La supervisora nos animó a que lo probáramos con mayonesa y jamón, ofreciéndonos de los que ya tenía preparados. Comimos uno tras otro. Y seguimos comiendo durante todo el día mientras, al más puro estilo Ford, preparábamos en serie los cientos de emparedados necesarios para la fiesta. Una untaba, otra rellenaba, otra envolvía... todas festejábamos. Al final, regresamos corriendo a la casa, a la que llegamos cargadas de bolsas con pan de caja, jamón, chiles en vinagre... y cinco pesos para nuestra propia cena de Navidad.

lunes, 29 de junio de 2009

De Cuando el Diablo Vino a la Ciudad



El Diablo vino a la Ciudad de México en el ‘52.

Durante la campaña presidencial de Ruiz Cortínez, los carteles con la foto del futuro presidente competían por la atención de los capitalinos, con los volantes que advertían a los padres de no dejar salir a sus hijas porque el diablo andaba suelto.

Todo el mundo sabía de alguna jovencita de moral distraída -de esas que suspiraban por Pedro Infante, que gustaban de bailar cha-cha-chá y que aceptaban salir con sus pretendientes a tomar un helado- que, tras haber aceptado los galanteos de un hombre de aspecto elegante, descubría, demasiado tarde, que debajo de la fina tela del pantalón sobresalían una pata de cabra y otra de gallo. Por supuesto, a la desafortunada muchacha no se le volvía a ver.

Se la había llevado el diablo.

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