domingo, 1 de noviembre de 2015

La Hacienda


Una de las mejores cosas de la vida es entrar en la que ya es tu casa. Tu casa. No la casa que rentas, no la que habitas como inquilino o huésped, sino tu casa, tu casa propia. Así lo sentí yo y supongo que todavía más mi papá y mi mamá cuando nos salimos de la carretera para seguir por un camino de terracería abriéndose entre los maizales, directo hacia el enorme portal de madera remachada en medio de una barda gigantesca.

Contuvimos la respiración antes de soltar gritos de emoción cuando mi papá dijo: "Esta es". No podíamos creer lo grande que era. Los minutos que nos llevó recorrer ese sendero de tierra en medio de campos de maizales secos fueron los más emocionantes, eran tan grandes nuestras expectativas. Cuando se abrió el portón e ingresamos para ver la construcción no quedamos decepcionados, a pesar de lo pequeña que era comparada con el terreno. Ubicada en el primer tercio del espacio, una pequeña casa de una sola planta, pintada de color salmón y rodeada de baldosas grises, con paredes de cristal en la parte central, nos hizo aplaudir de alegría. Era tan moderna, tan bonita. No podíamos creer que de verdad fuéramos a vivir ahí.

Corrimos como locos a ver su interior, oloroso a pintura recién aplicada, discutiendo por la elección de nuestras habitaciones. Al volver a la entrada de la casa alcancé a oír el diálogo entre mis padres:

-Allá las gallinas, vieja. Y hasta el fondo los chiqueros, vas a ver cuántos vamos a criar. Pero, ¿qué pasa, chaparra? ¿Porque lloras?

-¿Todo es nuestro, amor? ¿Todo esto es nuestro?

Mi mamá trabajaba desde los trece años haciendo labores domésticas, y mi papá era peón desde que tenía memoria. Habían sido quince años de ahorro desde que se casaron para poder adquirir algo propio. La buena suerte los acompañó cuando encontraron esa hacienda en tan buen precio, no podían desaprovechar esa oportunidad y consiguieron el dinero que les faltaba. Viéndolos abrazados, señalando nuestro futuro, supe que esa era la felicidad.

Y entonces sentí el golpe en la nuca. Volteé a la defensiva sin alcanzar a ver a nadie, pero sabía que mis hermanos estaban en la habitación contigua, en la que sería la sala de estar, había estado oyendo sus voces altas y sus risas, así que corrí para devolver el golpe en la primera cabeza que alcanzara, pero cuando estuve ahí los vi por el enorme ventanal, corriendo en los prados. "¿Cómo llegaron tan lejos, tan pronto?", me pregunté, mientras corría, sin lograr avanzar tanto. Pero no me detuve a preguntarles sino que me uní al juego y a la alegría al recorrer nuestra propiedad.

El pasto estaba cuidado, los muros pintados, el altar a la Virgen de Guadalupe, justo al lado del enorme portón y del cuartito del velador, con flores nuevas. Sólo una barda, detrás de la casa, estaba descuidada, con huellas de haber sufrido los efectos del fuego. "¿Hubo una quemazón?", preguntamos, pero el velador no contestó nada y mi papá dijo, para calmar nuestra curiosidad: "Hace un tiempo". Mi mamá urgió para que se pintara pues desentonaba con el resto del aspecto de la propiedad.

En el otro extremo de esa barda estaban los molinos, dos cuartos pequeños con maquinaria, pero el velador dijo que mejor eso lo dejáramos para después. Un trabajador con sombrero había entrado en el último de ellos. Ni mis papás ni el velador, que se adelantaron hacia la casa, lo vieron, sólo nosotros, que alcanzamos a ver como volteaba a vernos antes de entrar. Era anciano, alto, muy erguido, pero sus rasgos no podían verse por la sombra del sombrero.

Cuando empezaba a caer la tarde mi mamá cocinaba algo y los demás jugábamos en el césped, mientras mi papá y un par de trabajadores jóvenes descargaban los muebles que mi papá había mandado traer. Aunque eran de segunda mano estaban en buen estado, y algunos nos parecían muy lujosos. Discutíamos sobre cuáles usaríamos en nuestras habitaciones cuando mi mamá salió furiosa a regañarnos, diciendo que por qué no le hacíamos caso, que no era nuestra burla para que la embromáramos así.

Entramos a lavarnos las manos y nos sentamos a comer lo que preparó sin que pudiéramos convencerla de que no habíamos escuchado que nos llamara y que no habíamos entrado en un gran rato. Ella seguía regañándonos por mentir, que bien que nos oía mientras estábamos en la sala y ella en la cocina, y como no le contestábamos iba a vernos y ya habíamos salido al jardín, sólo para volver a entrar a hacer ruido y volver a ignorarla cuando nos decía que ya estaba la comida.

-Así un par de veces, hasta que salí a regañarlos-, se quejó con mi papá. Él calló nuestras protestas y dio por terminada la discusión, apoyándola en que no era la forma de comportarnos con ella. Guardamos silencio pero continuamos molestos, por el regaño injusto y por la necedad de mamá. Cómo pudo inventar eso.

Seguimos molestos porque mi papá nos prohibió salir, pues se oscureció mientras comíamos. No había luz fuera de la casa, más que la que iluminaba el camino de baldosas que rodeaba la casa, y la que iluminaba el altarcito a la virgen en la entrada, que de tantas veladoras y series de Navidad parecía un pequeño incendio a la distancia. El velador advirtió que no salía de noche y mi papá dijo que era muy raro, que sólo porque era el único que había permanecido más tiempo no lo había cambiado.

-No sé qué le pasa a la gente que no quiere trabajar, no duran, y nadie quiere quedarse en las noches-.

Mi mamá dijo que así eran, que buscaban trabajo rogando a Dios no encontrar. Pero que como sea hacía mucho frío y había mucho viento, y afuera estaba como boca de lobo, que ya no nos dejara salir. Eso terminó por enfadarnos más. Nos fuimos a dormir a regañadientes, sin televisión ni radio no había nada que hacer, y la advertencia de que debíamos que madrugar terminó por convertir la sugerencia en orden. Finalmente había sido un día con muchas emociones y novedades, así que el sueño nos agarró pronto.

Pero el descanso no duró mucho, y el enojo volvió por la impertinencia de mis hermanas, que golpeaban la pared violentamente, como si se aventaran contra ella. Les gritamos, amenazando para que nos dejaran dormir, pero la molestia no paró, así que mi hermano y yo salimos enojados a reclamarles, nos las encontramos saliendo también de su habitación, reclamándonos lo mismo, según ellas, éramos nosotros los que golpeábamos su pared. La discusión despertó a nuestros padres, que no sabían a quién creer. Nos sentaron en la sala, para aclararlo. Mi hermana mayor aprovechó para ir al baño.

Un grito detuvo nuestro pleito. Mi hermana salió del baño asustada, diciendo que algo le había sujetado la mano cuando trató de prender la luz. Entramos pero no había nada, y la burla que le hicimos por miedosa terminó de aliviar el ambiente.

El día siguiente fue normal, así que se nos olvidó lo que había pasado. Sólo mi padre parecía intranquilo.

Sabíamos del trabajo de campo, sabíamos del trabajo de rancho y de trabajo duro, éramos niños todavía, pero ya teníamos tareas pesadas, sin embargo, era nuestra hacienda, aunque pequeña y sencilla, era nuestra, así que trabajábamos con gusto. Las tardes nos encontraban en la sala, tomando atole para combatir el frío, porque helaba, el viento azotaba los cristales de las ventanas con furia, como si quisieran derribarlos o quebrarlos. La puerta principal se abría siempre. Mi papá la reparaba pero siempre se azotaba con el viento, como si alguien la empujara. Yo tenía la sensación de que alguien nos observaba desde afuera, pero era imposible comprobarlo, fuera de las baldosas medianamente iluminadas con los focos exteriores, la oscuridad era total. Además, ¿quién podría ser?El velador ya no estaba, se fue al siguiente día que llegamos, y los trabajadores se iban antes de que oscureciera, mi papá los acercaba a la carretera y ahí esperaban un camión. No había forma de convencerlos de que se quedaran ni a cenar o a beber una cerveza. La única vez que se quedaron un poco más, fue cuando vino un cura a bendecir la casa. Mi papá presumía de ser ateo, pero no discutió cuando mi mamá propuso la bendición, siendo los trabajadores los más entusiasmados con eso.

Los golpes en la pared se repitieron varias veces en las noches siguientes, y la experiencia de sentir que algo o alguien tratara de impedir prender la luz del baño la vivimos algunos más, pero unos a otros nos dábamos explicaciones que intentaban convencernos de que no era nada, que las cosas que pasaban tenían una explicación lógica. Hablábamos de eso justo aquella tarde, ya que mi papá había vuelto de dejar a un trabajador a la población cercana para recibir atención médica, después de un accidente de trabajo en el que había perdido el brazo. 

El trabajador decía que estaba en el molino cuando oyó un silbido, al voltear vio en la puerta, la silueta recortada de un hombre alto y delgado con sombrero. Cuando preguntaba, extrañado, qué hacía ahí, el hombre se acercó y lo aventó al molino. Alcanzó a sujetarse y a ver que era un anciano. Pero ningún anciano trabajaba con mi padre, así que lo tomó como un desvarío del trabajador, ante el susto de su herida y la pérdida de sangre. Entonces recordamos el primer día que vimos a uno entrando en los molinos y se lo comentamos. Mi papá parecía muy preocupado pero mi mamá lo tranquilizó como hacía con nosotros. Envió a mi hermana pequeña a ponerse la piyama y lavarse los dientes, y papá aprovechó para ponernos al tanto de lo que se decía de nuestra pequeña hacienda. 

Decían que estaba maldita desde un incendio hace años, en el lado que la barda lucía ahumada, lo raro es que esa barda había sido pintada varias veces y la mancha renegrida volvía a aparecer. Una semana antes de que llegáramos, otro trabajador había contado la misma historia del hombre con sombrero que silbó desde la puerta, para luego arrojarse contra él, tratando de aventarlo al molino, sólo que la herida de ese trabajador había sido más leve. Mi papá no había creído ninguna de esas historias y pensaba que entre todos se convencían que ahí espantaban, especialmente por el velador, que no paraba de decirlo, pero le fastidiaba como eso iba a afectar a la hacienda. Cómo si no tuviera ya suficientes problemas con las deudas que significaba. 

Mi padre había invertido todo lo que tenía, además de endeudarse por varias partes para poder comprarla y echarla a andar. Todos guardamos silencio, entendiendo su preocupación, cuando nos sobresaltó un grito de terror.

Corrimos hacia el baño encontrando en la puerta a mi hermanita, con el dorso de la mano sangrando. Cuando por fin pudo hablar, superando el susto y el dolor, nos dijo que algo le había agarrado la mano cuando quiso prender la luz, y cuando se trató de zafar le clavó las uñas, desgarrándola.

La impresión nos dejó mudos, no supimos ni siquiera consolarla ni tranquilizarla. Y no tuvimos tiempo, tampoco. El viento golpeó tan fuerte las ventanas y las puertas que parecía que iba a derribarlas. La puerta se abrió de golpe y mi papá corrió a cerrarla. Pero apenas regresaba a sentarse con nosotros en la sala cuando se oyeron unos pasos por las baldosas. Eran los pasos de dos personas, un hombre y una mujer que caminaba en tacones, eran pasos rápidos, enérgicos, como de personas con prisa. Volteamos al mismo tiempo hacia los ventanales pero no vimos a nadie, a pesar de que los focos externos iluminaban el camino de concreto. Sin embargo, los pasos se escuchaban claramente, recorriendo la distancia hacia la puerta de entrada.

La puerta volvió a abrirse de la misma manera que antes, pero supimos que no era el viento porque escuchamos como entraban. Los pasos se oían ahora en el interior de la casa, en dirección a nosotros. El horror que sentimos era indescriptible, y aumentaba conforme los pasos avanzaron hacia donde estábamos, nadie pudo decir nada, permanecimos en nuestros asientos tomándonos de las manos mientras caminaban rodeándonos. 

Tras instantes que nos parecieron eternos, así como llegaron se fueron, con la misma prisa y la misma energía. Después de rodearnos se dirigieron a la salida, y rodearon la casa de la misma forma en que llegaron, hasta que el sonido de sus pasos se perdió, llevándose el viento con ellos. 

Hasta entonces hablamos, llorando a gritos, desesperados. Mi papá cerró la puerta ordenándonos entrar a su habitación, cubrió todas las posibles entradas con muebles mientras mi mamá nos juntaba en su cama, tratando de calmar nuestro llanto. Mi papá se nos unió casi enseguida y también trató de calmarnos, pero nuestro llanto era demencial, inconsolable, ahogaba todas las palabras, se escuchaba en todos los rincones, como si se multiplicara. Y es que no era nuestro.

Llegó un momento en que nos dimos cuenta que ese ruido no lo hacíamos nosotros. Uno a uno nos fuimos calmando hasta quedarnos callados, oyendo el llanto enloquecedor que se oía fuera de nuestra habitación, donde parecía haber una multitud doliente, llorosa. El miedo nos volvió a paralizar y fue mi mamá la que reaccionó y nos pidió que oráramos, que oráramos en voz alta, gritando, para no oír ese llanto multitudinario que se volvía más numeroso y más fuerte. 

Y rezamos en voz alta el Padre Nuestro y el Ave María. Alzábamos la voz hasta casi gritar, para ahogar los sollozos y los aullidos de dolor de afuera. Y logramos anularlos. Ya sólo oíamos nuestros rezos acompasados, como si alguien los dirigiera. Como si alguien dirigiera a una gran orquesta de rezos. Lloramos en silencio, aterrados, al oír el eco de nuestras oraciones. Eran ellos, rezando más fuerte que nosotros. Eran decenas, cientos de voces murmurando en éxtasis religioso. Entonces mi papá explotó. 

Comenzó a gritar que se callaran, que nos dejaran en paz, que no iban a hacerle nada a sus hijos porque antes tenían que pasar encima de él. Y de su boca salieron todos los improperios que conocía, todas las vulgaridades que oyó en su vida, afuera de las cantinas, o en la voz de su padrastro, del maestro que los golpeaba en la escuela, de sus primos más grandes que él, que se burlaban y aprovechaban de que era más pequeño y huérfano de padre. Todas las groserías que recibió, todas las que había dicho a espaldas de su madre y de su esposa. Las gritó con coraje, con odio, con necesidad de amedrentar a esos que nos asustaban. Y yo comencé a gritar con él, repitiendo lo que decía, complementándolo con las que yo me sabía, con las que decían mis compañeros de la escuela y las que escuchaba con los camioneros, con los transportistas, con los estibadores con quienes trabajaba después de la escuela. Y mi hermana mayor empezó a gritar también, todas las que siempre había querido decir, las que le decían las otras niñas de su clase, que la despreciaban por sus zapatos, por su vestido, por sus trenzas. Y mi mamá también dijo las que había oído de todos esos hombres que se sentían con derecho a ofenderla y acosarla. Y todos gritamos ofensas, para advertirles que no teníamos miedo.

Pero sí teníamos. Sobretodo cuando todos ellos devolvieron, uno a uno, nuestros insultos. Y muchos más. Las obscenidades que nos decían eran tan fuertes que lograron asustarnos nuevamente, después del momento de ira. Eran muchas voces, y cada una de ellas superaba en agresividad a todas las nuestras. Las cosas que decían de mis hermanas, incluyendo a las más pequeñas, me horrorizó. Y a ellas más. Pero fue empeorando. Que nos callarámos no los detuvo. Parecían estar detrás de la puerta, a punto de vencerla. Golpeaban y empujaban la puerta con una violencia terrible, al tiempo que con insultos nos amenazaban de todo lo que pensaban hacer con nosotros. Golpeaban las paredes y rompían los cristales, arrojaban los muebles y pateaban por todas partes. No fuimos capaces más que de juntarnos todos sobre la cama, envolviéndonos unos a otros, formando un ovillo con nuestros cuerpos, esperando a que entraran y nos destrozaran.

No supimos cuando paró. Despertamos cuando la luz del día entraba por las ventanas, sin saber la hora, el cielo estaba tan nublado que era imposible distinguir si era la mañana o la tarde. Tardamos en decidir asomarnos. Mi padre, por supuesto, el primero, regresando para decirnos que podíamos salir, que todo estaba en calma. Aunque nos lo advirtió, nos sorprendió que todo estuviera en su lugar, sin nada del destrozo que todo el infernal ruido anunciaba. Salimos corriendo y nos subimos a la camioneta, pensando en salir para siempre de ese lugar. 

Pero la salida no fue sencilla. El laberinto que formaban los maizales no nos permitía llegar a la carretera. La tormenta anunciada llegó, junto con la noche, encontrándonos sin hallar el camino. La copiosa lluvia impedía ver más allá de unos metros, el limpiaparabrisas no respondía y mi papá tenía que ir muy lento entre los caminos estrechos que cruzaban los maizales, veíamos con angustia como la noche se iba imponiendo, hasta llegar a una absoluta oscuridad apenas rota por las luces del auto. Cuando advertimos la silueta larga y delgada de un hombre con sombrero, todos gritamos. 

Pero resultó ser la silueta de un espantapájaros. 

Tras evitarlo mi papá encontró el camino y suspiramos cuando vimos, a lo lejos, los faros de los automóviles que circulaban por la carretera. La lluvia paró y pudimos transitar sin problemas. Ya en el camino mi papá nos fue contando lo que sabía de ahí. 

Le habían contado que hace mucho tiempo fue un convento, como en tiempos de la inquisición. Que sus últimos dueños habían muerto en un incendio, que no había vuelto a habitarse. El velador nunca entraba a la casa y, de hecho, nunca caminaba al otro mitad del terreno, por eso su cuartito y su altar estaban después de la puerta. Él lo puso al tanto de todo desde que fue a ver la propiedad para comprarla pero no le creyó, y no iba a perderse de tan buena oferta. Nos pidió perdón por lo que vivimos pero dijo que no podía dejar la hacienda, que todo lo que tenía estaba invertido ahí y que dependía de su producción para salir de deudas.

Mamá no se recuperó de la impresión ni volvió a estar de acuerdo con mi papá, enfermó y murió poco tiempo después. Mi papá nunca pudo sobreponerse a su pérdida, ni a la bancarrota, su obsesión por la hacienda lo acabó, esta nunca pudo producir por falta de mano de obra, y tampoco pudo ser vendida, la única salida que encontró fue el alcohol, sólo así lograba olvidarse de todo. Yo volví a trabajar en la Central de abastos, en lo que salía. Los hermanos nos repartimos en varias casas, con familiares y padrinos, crecimos desperdigados, separados.  Hace años que no los veo. Mucho tuvo que ver que me empeñara en salvar la hacienda, pero es que... fue muy poco tiempo que fui feliz ahí, pero fue la última vez que fui feliz, ¿sabe? Recuerdo a mi padre y a mi madre abrazados, planeando como repartir el terreno. Y creo que esos sueños se deben cumplir. Por ellos, y por mis hermanos. Hemos sufrido mucho, mis papás perdieron todo. Y por nada. Porque al final, no nos hicieron nada. Es lo que no entienden mis hermanos, dicen que nunca van a volver ahí, pero yo quiero probarles que sí podemos, que sí se puede. Total, si hay que pactar con lo que hay ahí, pues pactamos, ¿no cree?

Miré a mi interlocutor, sentado en el asiento de copiloto, y hasta entonces me arrepentí de haber aceptado llevarlo conmigo. Lo acababa de conocer y me pareció que podía hacerme menos tedioso el camino; cuando empezó a contarme su historia, y la historia de su hacienda, me pareció entretenido, pero esto último que dijo me puso inquieto: o era un loco o era un fanático. Estaba decidiendo qué hacer y cómo manejarlo, cuando me dijo con un tono de alarma: -Si ve la figura de un hombre con sombrero no pare, no frene-. 

-¿Qué?

-Que no vaya a parar, le va a pedir que pare, pero no lo haga, nunca hay que parar.  Es un tipo alto, flaco, muy erguido, con sombrero. Viejo, es muy viejo.

Con sobresalto fijé mi vista en la carretera. Y entonces lo vi, justo como lo describió. Entre la lluvia y las luces del automóvil, se recortaba la silueta de un hombre alto, muy delgado, con sombrero. Mi acompañante volvió a decir en voz baja, temblorosa de miedo: -No pare-.

Le obedecí. No paré. No frené. Seguimos de largo ignorando su petición de ayuda. Pero cuando miré por el retrovisor pude verlo sentado en el asiento trasero de mi auto, mirándome.



(Otro cuentito de Día de Muertos está aquí: Calaveras y Diablitos)

miércoles, 16 de septiembre de 2015

El Otro 16 de Septiembre.


En los 80s, U2 era un grupo que proponía un sonido propio, una lírica críptica y un mensaje ambicioso, de marcada conciencia social; cuando salió The Joshua Three se consolidaron como una banda de éxito, en su momento de mayor madurez musical y con una postura social congruente, así, se dieron el lujo de ofrecer un Lado A comercial y un Lado B más profundo. A este último pertenece One three hill, canción que nació como un homenaje a un miembro del staff, amigo personal de varios de la banda, especialmente de Bono.

Greg Carroll entró como asistente del grupo cuando U2 paraba por primera vez en Australia, Bono salía a combatir el jet lag paseando por Auckland, conociendo la zona volcánica de One three hill, quedando maravillado por la belleza del lugar, tanto como con un empleado del lugar donde se hospedaban. Carroll, de orígen maorí, era perfeccionista, solícito y eficiente, por eso se le extendió la invitación a unirse al resto de la gira, lamentablemente, cuando volvieron a Dublín a grabar el álbum de The Joshua Three, murió en un accidente sobre una moto que el mismo Bono le prestó. La canción que compuso en su memoria tiene versos que salieron de la ceremonia tradicional maori, durante sus funerales.

Pero también tiene un par de frases que directamente hablan de otra persona que impactó en el vocalista de U2, de abierta inclinación por los movimientos civiles, y de franco interés por los líderes latinoamericanos que enfrentaron las dictaduras que sufrían los países de Centro y Sudamérica en esos años, creando un contexto de zonas de fuego y poetas que hablan desde el corazón, Bono dice: "Jara canta, su canción como arma en manos del amor. Tú sabes que su sangre todavía llora desde la tierra". Años después, Bono también sería artífice de un documento visual llamado The Resurrection of Víctor Jara.




A veces llamado el Bob Dylan latinoamericano, Víctor Jara también fue reconocido por el grupo The Clash, en su canción Washington Bullets, de su disco Sandinista!, que muestra abierta simpatía por los movimientos de izquierda en Nicaragua, Chile y Cuba, a la vez que critica la política intervencionista, tanto de Estados Unidos como de la URSS. "Please remember Víctor Jara on Santiago Stadium, -es verdad-, those Washington bullets again", cantan. Y Calle 13 lo ubica junto al más admirado de los Beatles en su canción El Aguante.

Pero la mención a Víctor Jara que todos hemos coreado es la que Los Fabulosos Cadillacs hacen en Matador: "¿Qué suena? ¡Son balas! Me alcanzan, me atrapan. Resiste, Víctor Jara, no calla", dice una canción que parece incluirlo en otras frases, aunque sólo en esa lo mencionan directamente.

Cuarenta y cuatro balazos recibió el cuerpo del cantautor, actor, director de teatro, poeta, profesor, productor de televisión educativa, y activista. Hijo de humildes campesinos, cantó a los que no podían ir a la universidad, a los que se levantaban por la mañana para sembrar el campo, a las mujeres que despedían a sus esposos en la puerta de la fábrica, a las manos que construían un país a fuerza de trabajo, que lo defendían en las calles y en las urnas. Su obra artística no sólo comprende sus composiciones de la Nueva Canción Chilena, sino también musicalizó obras de teatro y ballet, así como producciones de cine y televisión, pero su participación en la escena cultural también se extendió al teatro, donde se desempeñó como actor, director, dramaturgo y productor; durante el corto gobierno de Salvador Allende fungió como embajador cultural, participando también en la musicalización, producción y director de televisión educativa.

Tras el golpe de estado de las fuerzas represivas con que fue destituido el gobierno de Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973, fue detenido en la Universidad Técnica del Estado, junto con el resto del personal docente y estudiantado, y conducido al Estado Chile, acondicionado como campo de detención para prisioneros políticos, al ser reconocido es apartado y sistemáticamente torturado durante los interrogatorios, sufriendo quemaduras, simulacros de fusilamiento y fracturas de sus manos con las culatas de las pistolas (tras lo cual, se le humilló queriéndolo obligar a que tocara sus canciones con una guitarra). Finalmente fue fusilado en las catacumbas del estadio el 16 de septiembre, tras cinco días de tortura.

Antes de morir, aprovechó la oportunidad de escribir unos versos en la libreta de uno de sus compañeros de cautiverio. Mientras otros escribían mensajes de supervivencia a familiares, Víctor Jara escribió un último poema, antes de que dos conscriptos se lo llevaran y no volviera a ser visto.

Su cuerpo fue arrojado a las inmediaciones del Cementerio Metropolitano, en unos matorrales, pero un funcionario del Instituto Médico Legal reconoció su cuerpo y clandestinamente dio aviso a su esposa, Joan Turner, colaborando en su recuperación y entierro. Los vecinos de esa calle también colaboraron para la identificación del cuerpo, atestiguando después ante la justicia, para evitar que fuera uno más de los detenidos desaparecidos o de las víctimas no identificadas. Ese lugar en que fue arrojado su cadáver ahora es considerado un sitio histórico, con un monumento conmemorativo.

En 2009 su cadáver fue exhumado y analizado para conocer las causas precisas de su muerte, y su posterior sepelio fue un evento público y masivo, con un acto de homenaje que duró tres días, y simbolizó el reconocimiento a todas las víctimas de desaparición forzada durante la dictadura chilena. El Estadio Chile recibió el nombre de Estadio Víctor Jara, con el mismo propósito.

La conservación de sus últimos versos también fue una pequeña batalla. Las hojas que soltó el poeta y cantautor cuando los conscriptos lo llevaron a su muerte, fueron levantadas y guardadas por quien le prestó la libreta, quien era el jefe del departamento de personal de la UTE, luego esas hojas fueron copiadas en cajetillas de cigarros que llegaron a manos del periodista (ya fallecido) Camilo Taufic, y a las de algunas esposas de los músicos del grupo Quilapayún, del que fue director artístico, y ellas enviaron el texto a Europa, camuflajeado como una cápsula de medicamento.

Estos son esos versos:

Somos cinco mil 
en esta pequeña parte de la ciudad. 
Somos cinco mil 
¿Cuántos seremos en total 
en las ciudades y en todo el país? 
Solo aquí 
diez mil manos siembran 
y hacen andar las fábricas. 
¡Cuánta humanidad 
con hambre, frío, pánico, dolor, 
presión moral, terror y locura!


16 de septiembre de 1973, en Chile... 16 de septiembre de 2005, en México (donde se realiza una demostración anual del poderío militar al servicio del Estado), donde no hay una dictadura, pero sí una "guerra contra el narco", simulación que ha provocado más de cien mil muertos y más de veinticinco mil desaparecidos.

Resiste. Víctor Jara. No calla.


jueves, 9 de julio de 2015

El Diálogo en Tiempos del "Me Gusta" y el "Retweet"


Primero fue el Forward en aquellos antediluvianos tiempos del e-mail como saludo matinal. No era la Web 2.0, era apenas el correo electrónico sustituyendo las cadenas postales que te condicionaban a enviar veinte cartas con una monedita pegada a la hoja, encomendándote a algún santo que te cumpliera el milagrito anhelado. El e-mail resultó bueno para continuar esas cadenitas de oración, además de difundir falsa información sobre gatitos presos en botellas de vidrio o poemas cursis en presentaciones de Power Point. Gracias al botón de "Fw" podíamos reenviar fácil y rápidamente esa vital información a todos nuestros contactos. Y cuando surgieron las nuevas redes sociales virtuales, se las ingeniaron para facilitarnos que continuáramos con esa necesidad de no decir nada sin parecer indiferentes, o ausentes.



Acumular "likes" en Facebook y estrellas en Twitter es mucho más nutricioso para el ego que mantener una conversación; brindarlos también es mucho más sencillo, menos comprometedor. Todos contentos. Si emitiéramos nuestra opinión sería menos fácil, habría que fijar una postura y sostener nuestras palabras, o reconocer que nos equivocamos y ceder ante una mejor argumentación... o simplemente ante una más necia. Mejor decir que nos gusta, mejor marcar la estrellita de "Favoritos" y contribuir a su posicionamiento en Favstar. Aprobamos así la intimidad expuesta, el narcisismo ególatra, la ideología ligera o la simplicidad O las ideas que nos gustaría tener. El ingenio que nos gustaría mostrar. Nos identificamos, sí, pero mejor pasar la idea tal cual sin mancharla con una propia. Mejor dar Retweet, mejor compartirla... mediante otro botón.

Hemos sustituido el diálogo por el aplauso, por la aprobación mostrada con apenas un asentimiento, como si moviéramos la cabeza de arriba a abajo. No opinamos ya, o sólo opinamos lo que otro ya dijo, en continuo eco, como dice el sociólogo Zygmunt Bauman: nos comunicamos en cajas de resonancias, volviendo a escuchar nuestras propias palabras. 

O las que quisiéramos tener.



Es, también, una forma de decir: "Presente". Hacer saber que estoy ahí para ti, contigo, que te "escucho", que no te ignoro. Que no tengo nada que decir sobre tu foto con tu hijo o tu perro, o tu selfie, o tu check in de Foursquare, o la inspirada frase en bonita tipografía con que resumes tu ideología (la que crees que es tu ideología), o tu firma en Causes, o tu eco del hashtag del día... pero que sí te veo, que no porque no tenga nada que decir quiere decir que no estoy presente.

Porque el "¡Aquí estoy!" es lo que nos interesa decir primordialmente. Aquí estoy y tengo algo que decir, aunque no con mis palabras, mejor con un meme, mejor con un retweet. Aquí estoy y tengo algo que mostrar para que volteen a verme, por eso mi pose frente al espejo, por eso mi grito con mayúsculas, por eso mi lugar en la fila del "tren del mame", para que sepan que aquí estoy y estoy al día. Aquí estoy y soy especial. Por eso mi exigencia a la buena ortografía, por eso mi exaltada declaración de amor a los "ángeles de cuatro patas", por eso mi presunción gourmet, por eso mi defensa a los valores tradicionales de los buenos tiempo idos, a la "chancla" como método pedagógico, por eso mi adhesión a la filosofía light de Paulo Coelho o a la psicomagia de Jodorowsky que se filtran por gotas en nuestro timeline en frases enmarcadas y descontextualizadas, pero no importa, porque son verdades unitalla, verdades a modo, tal como predicciones zodiacales (a todos nos quedan). Por eso el like nos es tan necesario y útil.



La construcción de nuestro perfil virtual, tan pulimentado y tan corregido, mostrando nuestra cara amable y nuestro lado generoso, sabio y civilizado, atrae simpatías de otras personas igual de camufladas, y esa simpatía se cimenta en base a los "likes" y los retweets hasta convertirse en amistad, por tanta afinidad compartida. Y esa relación irreal, editada, photoshopeada, es la que nos permite sentir que pertenecemos, que nos integramos. Y ya nunca volveremos a estar solos.

Del otro lado de la pantalla siempre habrá alguien que nos dé "like"... aunque es probable que sólo recibamos eso. 

Y un edificante meme.



Abrí cuenta en Twitter y Facebook al mismo tiempo, por sugerencia de los mismos lectores de este blog. No había tenido antes un perfil en una red social, Hi5, Metroflog y MySpace no me sedujeron (parecían ser para intereses más juveniles), incluso el mismo chat de Hotmail a veces me abrumaba. Al principio Facebook me pareció lo mismo, pero Twitter sí me intrigó. Igual que la mayoría, tardé en comprender la dinámica de los hashtags, los trending topics, los follow friday y las listas, pero eso no me amilanó y comprendí que era más que "un chat grandote para hablar con los famosos", como lo definían los que no lograban entenderlo. El reto de resumir una idea en un limitado número de caracteres me entusiasmó, la inmediatez y la accesibilidad a la información también. Llegué en un buen momento de esa red social, a tiempo para ver como los mismos usuarios la definían y reinventaban, dándole un uso más amplio y diverso que el ideado por sus creadores ("What are you doing?", preguntaban). Aún así, era común que los que se sentían expertos o con derecho de antigüedad reclamaran: "Así no funciona Twitter" o "Para eso no es Twitter", o enlistaban reglas para su uso (que sumisamente replicaban sus admirados adeptos). Finalmente Twitter también quedó transformado en algo muy diferente a lo que esos primeros usuarios exigían. La llegada masiva de personajes notorios, como figuritas de la farándula, la política o los deportes, terminó por catapultarla a la vitrina que ahora es, donde el culto a la personalidad es lo que prima.



Algo que se debe aprender en esa red es que no se tienen seguidores, los seguidores te tienen a ti. El personaje que cada usuario construye termina dependiendo de la aprobación de sus seguidores, lo cual reduce la interacción espontánea, por más que parezca que la clave es la "autenticidad". Las ventajas de Twitter siguen ahí: inmediatez y accesibilidad. Te enteras antes y, muchas veces, de primera mano, incluso viendo como se transforman las versiones que luego se darán en medios tradicionales. Pero las desventajas han aumentado, esa misma celeridad favorece la desinformación, y la interacción directa no garantiza una comunicación efectiva. Ejemplo de todos los vicios son las dinámicas de los que manejan la imagen de Enrique Peña Nieto, desde su candidatura: bots con perfiles falsos que lo mismo inflan su número de seguidores, que orquestan sus campañas a su favor o en desprestigio de un contrario, o que imponen o tiran Trending Topics, dependiendo de su conveniencia. Aún usuarios más modestos muestran las deficiencias de la comunicación en Twitter, tuitstars de cualquier categoría, intelectuales o faranduleros, dados a la comedia o al drama cursipoético, se entrampan en la caricia de la popularidad.  Y el diálogo no se presenta, ni el debate eleva su nivel. 


La causa principal es la tendencia a replicar fidedignamente lo que ya se dijo. El Retweet es un homenaje además de una aprobación a la inteligencia y al ingenio del que se aventuró a crear un contenido, así, la frase o el meme se reproducen exponencialmente, sin variaciones, sin objeciones, sin complementos. Y eso que no hablamos de otro verbo que no se entiende fuera de esa red social: favoritear. La estrellita que distingue un tweet del resto, que lo guarda para la posteridad salvándolo del olvido y lo eleva a objeto de veneración, ha creado incluso una red social dentro de la otra: Favstar, museo del ingenio en 140 caracteres, y de la adoración que una idea ajena que deseamos propia puede causar.

El culto a la personalidad individual se refleja tanto en los cientos de miles de seguidores que un tuistar puede acumular, como en los miles de "likes" que recibe una selfie en Facebook



Aunque al principio no me entusiasmó Facebook, finalmente quedé más apegada a esa red, pero se debió a la suerte de tener contactos interesantes que me invitaban a unirme a la conversación. La facilidad de explayarse en comentarios y compartir mediante grupos de intereses comunes fue lo que me hizo, después de un par de años, acudir con más asuidad, la oportunidad de mantener contacto con personas que de otra forma se habrían alejado, o de complementar el que tengo en el plano real, fue lo que al final me hizo anclarme. En Twitter se desprecia mucho al usuario de Facebook y a la misma plataforma, pero en mi caso puedo decir que es al contrario, yo encuentro ahí mejores condiciones para el intercambio de ideas, y una mayor convivencia con las personas que me interesan... porque es otra ventaja de estas redes virtuales: las rupturas son casi indoloras. 

Si la amistad virtual no nos satisface, si el seguidor nos importuna, si al que seguimos nos decepciona, un botón lo borra de nuestros timelines, y quizá, de nuestras vidas. La amistad virtual es irreal, el vínculo también, es fácil desvanecerlo (casi) sin conflictos, (casi) sin consecuencias.



Mucho más versátil que Twitter, la red social más popular ha sabido combinar los recursos innovadores de sus antecesoras más destacadas (Hi5, MySpace y Metroflog), complementándolos con los recursos básicos de los que iniciaron la comunicación virtual (e-mail y Messenger),y con sus adquisiciones de Whatsapp e Instagram. Y mientras uno de los creadores de Twitter renuncia por la imposibilidad de capitalizar para sí mismo el éxito de su red, Zuckerberg no deja de acumular dinero con la suya, aprovechando nuestro persistente miedo a la soledad. No hay forma de estar solo en Facebook, en esa inmensa casa de espejos alguien siempre nos da "like", o alguien dice lo que nosotros quisiéramos, para así poderle "like", "compartir", y sentirnos integrados. Comprendidos. Alguien nos pide amistad o acepta la que brindamos, aplaude lo que decimos o dice lo que aplaudimos, sintiéndonos identificados. Alguien nos escucha, nos aprueba. Y devolvemos el favor con facilidad generosa, positiva.

Con una manita y un dedo hacia arriba.


Ilustraciones de Pawel Kuczynski, Eduardo Salles y Facebook.

domingo, 21 de junio de 2015

Mi viejo, mi querido viejo.





Esta canción le gustaba mucho a mi papá -como a casi todos, ya que es una canción realmente linda-, era parte de su playlist. No había reunión o tarde bohemia sin que estuviera presente, saliendo de una pila de discos de vinilo que tenía siempre lista para esas ocasiones. También la tenía en un casete que pidió le grabáramos con un mix casero de sus canciones favoritas, con las que se acompañaba cuando sacaba el polvo de su habitación; era muy limpio y le gustaba mucho el orden, en sus últimos años no esperaba a que nosotros nos diéramos el tiempo de asear sus habitaciones y lo hacía él mismo, siempre cambiando muebles y redecorando, en un intento constante de reinventar su espacio. Y mientras sacudía cantaba bajito esa y otras canciones, a diferencia de como lo hacía años antes, a todo pulmón, cuando tenía una potente cascada de voz que presumía con gusto, y a complacencia de todos los demás (porque no conocí a nadie que oyéndolo, no quedara admirado). 

Al final solo cantaba en voz alta en reuniones, y después de que se le insistía mucho. Seguramente, como en todo lo demás, su exigencia consigo mismo lo hacía avergonzarse de que su voz se viera disminuida con el tiempo (aún cuando siempre siguió arrancando aplausos cargados de admiración). Nunca se perdonó envejecer, volverse débil, vulnerable, dependiente de los demás. Era tan todopoderoso en otro tiempo. 

Una foto que se ha perdido ha quedado en la memoria de nosotros. Era una foto muy vieja, de cuando era joven. De cuando merecía el apodo de "El Seco", que jugaba con su nombre (Ezequiel) y con su complexión. Salía de la taquilla de un cine y se nota que lo tomaron por sorpresa, seguramente diciendo su nombre para hacerlo voltear a la cámara; su gesto lo dice todo, describiéndolo bien: broncudo, agresivo, siempre a la defensiva, listo para saltar encima de quien pudiera constituirle una amenaza. Sus manos sostienen los boletos y su cara se levanta hacia la lente, el ceño fruncido que arruga una frente prematuramente surcada, la mirada fija, penetrante, retadora e inquisitiva, el mohín de los labios conteniendo una maldición, un insulto o una advertencia. 

La chamarra y el copete indican que eran los años cincuenta, el pantalón amplio y el pañuelo en el cuello, su inclinación hacia la moda de los pachucos. Así es como lo describe mi mamá en su noviazgo: almidonado, acicalado y arrogante (pese a que sus hermanos más chicos corrían descalzos por las calles sin asfaltar), era el galancito de barrio, el líder de la palomilla, el que no le sacaba a los trancazos, por el contrario, sus botas estaban reforzadas con metal para cuando había que patear hacia las pantorrillas para luego lanzar un puñetazo en el estómago y sacar el aire, antes de disparar a la mandíbula y dejarlos noqueados en el suelo, ese -nos explicaba- era su movimiento más recurrido, su sello. Era, también, aprendiz de boxeador.

Su madre lavaba ajeno y sus hermanos menores también trabajaban desde que amanecía hasta que anochecía, así malcompletaban el gasto diario, dejándole a él la carga más pesada, la de pagar la renta, el insuficiente abrigo y la escasa despensa. Lo que faltaba a veces lo completaba jugando a las cartas, teniendo siempre el buen tino de retirarse cuando juntaba alguna cantidad que aliviara las necesidades más apremiantes. Desde los catorce años era la cabeza de familia, aunque trabajó formalmente desde tres antes, abandonando la escuela al terminar el cuarto grado de primaria. Así se inició en la 'adultez'. Fue, también, aprendiz de yesero.

Venía de una familia de pequeños terratenientes, su padre era el presidente municipal de un pequeño pueblo en Tlaxcala, pero cuando murió de tres tiros en la espalda mientras montaba a caballo, dejó a sus hijos en la orfandad y en la miseria, pues sus familiares los despojaron de todas sus tierras. Demasiados hijos no reconocidos, demasiados líos de faldas y demasiados rencores dejó el abuelo, así que lo único que les quedó a su viuda y a sus hijos fue emigrar a la gran ciudad. 

Una anécdota describe el tamaño de ese despojo: cuando a finales de los años 60 los hermanos se juntaron para llevar a su madre al pueblo, a reencontrarse con sus familiares, aprovechando para llevar a sus esposas e hijos a conocer su tierra natal, un susurro que se convirtió en alerta recorrió las casas mientras ellos bajaban de sus camionetas: "¡Llegaron los Carrasco!". Un grupo de hombres, mujeres y niños salieron a recibirlos, con más miedo que gusto, con más recelo que cordialidad. Fue la abuela la que rompió el silencio, preguntando si así se recibía a los paisanos. Enseguida brotaron las risas y las bromas, las palmadas en la espalda, las presentaciones. Ya con más confianza, cuando se disfrutaba de la sobremesa, confesó uno de los locales: 

-Creíamos que venían armados, a echarnos bala. 
-A balearlos no -precisó mi papá-, pero armados si venimos.

Él siempre cargaba una Luger 22, regalo de uno de los comandantes que en ese tiempo visitaban mucho la casa (acompañados de pequeñas starlets de la época, como Isela Vega, o inclusive el mismísimo Chava Flores, que fue a dar clases avanzadas de albures a politiquillos y policletos que creían sabérselas de todas, todas). Como líder sindical recibía muchos regalos, y las armas eran algunos de ellos, no sólo pistolas o rifles, sino también machetes, dagas, cuchillos y pequeñas espadas. La Luger le gustaba por discreta, podía meterla en los maletines o entre los papeles de la guantera de su auto cuando viajaba recorriendo la República Mexicana, para defenderse de los asaltos mientras circulaba por las mismas carreteras que él ayudó a construir, cuando consiguió por fin un trabajo estable como operador de maquinaria pesada en el gobierno, y tuvo su primer acercamiento con los sindicatos. Ahí fue cuando volvió a la escuela, a la Universidad Obrera, en el hermoso edificio de San Ildefonso, ahora convertido en museo. Destacó tanto -como estudiante y como miembro sindical- que cuando una de mis hermanas cursó la preparatoria ahí, veinte años después (en la última generación que ocupó sus instalaciones), su apellido fue identificado por varios maestros, colocando muchas expectativas sobre ella (no cumplidas, hay que confesar).

Sobre la Luger contaba la siguiente anécdota: enviado en carácter de urgente a otro estado, para "coadyuvar" a imponer un acuerdo que no era aceptado por las huestes, y viendo rechazados sus primeros intentos de diálogo mesurado, y ya fastidiado por recibir insultos y mentadas de madre en lugar de argumentos, alzó su recia voz por encima de las de todos mientras arrojaba su maletín abierto sobre la mesa: "Aquí venimos a poner orden", gritó, al tiempo que la esbelta Luger se deslizaba saliendo de entre los papeles. El silencio denso que se dejó sentir durante largos instantes fue roto por las voces conciliadoras que intentaban calmarlo: "No, señor Carrasco, podemos dialogar... sentémonos a dialogar". Sin perder estilo y calma recogió parsimoniosamente la pistola que había olvidado llevaba, agradeciendo que no se le hubiera escapado un tiro, y que ninguno de aquellos líderes rurales, que posiblemente también iban armados, se hubiera sentido tentado a responder de igual manera. Era considerado, también, un gran negociador.

Seguramente, de haber tenido uno, le hubiera gustado que esta canción musicalizara su funeral. O de haber tenido una, que se cantara al pie de su tumba. Quizá eso pensaba mientras la cantaba bajito, sólo para sí, mientras la escuchaba en esas tardes bohemias que se montaba de tanto en tanto.

lunes, 18 de mayo de 2015

Jugar a Matar


Jugar a matar. Matar jugando. Se habla de descomposición social, y sí, no hay como negarlo (menos en la situación que nuestro país vive en estos tiempos), pero también habría que pensar en la naturaleza humana, habría qué preguntar qué detona el impulso asesino, incluso en las mentes más jóvenes, y especialmente cuando se actúa en grupo, cuando hay quien aplaude y azuza divertido, cuando el compañero de juego se entretiene con nuestra crueldad. 

Los detalles del asesinato de un pequeño de seis años por sus compañeros de juego, unos adolescentes que jugaban a ser secuestradores, incomodan por crueles. Golpeado, ahorcado, mutilado, apuñalado... es difícil imaginar un juego tan sádico, pero en lo particular, me es también difícil no recordar y no relacionar este caso con el que nos estremeció en 1993, cuando dos niños ingleses, de diez años, asesinaron a un pequeño de dos, después de atraerlo en un centro comercial, invitándolo a jugar, para en realidad secuestrarlo y torturarlo hasta la muerte con golpes y toques eléctricos.


Y también me es difícil no recordar el caso de la pequeña Mary Flora Bell (Inglaterra, 1968), la más fría y famosa de los asesinos infantiles, que se regodeaba preguntando a los familiares del niño de tres años que asesinó, detalles de como fue encontrado el pequeño cadáver, fingiendo una compasiva curiosidad. Tal como pasó en el caso actual, Mary Bell, de once años, y una amiga invitaron a un pequeño vecino (de tres años) para que las acompañara a jugar, pero terminaron golpeándolo, ahorcándolo y mutilándolo. Era su segunda víctima. Otra similitud con el caso actual es que las victimarias se acercaban a los familiares fingiendo interés y colaboración. 



A pesar de la corta edad de los asesinos, los pequeños agredidos son significativamente más jóvenes, vulnerables física y mentalmente, y aceptaron seguirlos para unirse al juego, brindando su confianza y simpatía, buscando amistad, diversión y compañía. En estos tres casos hay elementos comunes a pesar de las diferentes épocas y localidades, entre ellos, que los niños asesinos son de barrios marginales y no tenían suficiente supervisión paterna. 

Pero otra reflexión me lleva al caso de la joven japonesa Junko Furuta, secuestrada a los quince años por sus compañeros de escuela, violada e inhumanamente torturada durante 44 días por esos cuatro adolescentes (y por algunos miembros de la mafia Yakuza, a los que invitaban en ocasiones), hasta que la muerte la salvó de seguir siendo lastimada de manera inenarrable. Uno de esos jóvenes sí se había iniciado en la mafia japonesa, famosa por su crueldad, pero los otros tres sólo eran estudiantes que le colaboraron al principio para que se vengara de la joven, por rechazar sus pretensiones amorosas, pero al final participaban en las crueles torturas no sólo aplicándolas sino incluso idéandolas, compitiendo por quién inventaba una nueva manera de agredirla y prolongar su sufrimiento. Este caso tiene alguna similitud con el de Sylvia Likens, otra adolescente secuestrada y violentada hasta la muerte, pero esta vez por la familia que cuidaba de ella y de su hermana menor, participando en su maltrato todos los miembros de esa familia, incluyendo a los niños y adolescentes, así como sus amigos y vecinos jóvenes, a los que invitaban a presenciar y participar de las vejaciones que le infligían. 

Aunque hay una diferencia notable con los otros casos, pues al contrario de la espontánea colaboración de los primeros, en estos dos se puede decir que hay una paulatina degradación que acostumbra a los más jóvenes a la violencia, deshumanizándolos, sin embargo, dos cosas me llaman la atención y me hacen comparar todos estos casos, la primera es que al actuar como parte de un grupo los límites parecen desdibujarse, permitiendo que la conducta personal se relaje hasta estos preocupantes niveles (tal como pasa en los linchamientos y en el bullying). La segunda es la condición de total indefensión de la víctima. ¿Qué provoca tener el poder total sobre otra persona? ¿Cómo nos transforma esto? Google no me ayuda para localizar la referencia a un performance en que una artista se mantiene inmóvil durante un tiempo determinado, ante un público que aumenta sus interacciones hacia ella de forma cada vez más agresiva, dejándola semidesnuda y manchada de pintura y otros materiales dejados a su alcance, y huyendo cuando se termina el tiempo establecido y la artista deja su inmovilidad, encarándolos (por favor, si alguien sabe el nombre de la artista y de la intervención, déjenmelo saber), es un buen ejemplo de cómo se transforma la actitud y la conducta cuando nos sentimos con poder sobre otra persona. Los malos jefes, los malos padres, los malos cónyuges y los malos funcionarios públicos son otro ejemplo cotidiano... pero nada de esto logra quitarnos de la cabeza la pregunta:

¿Qué lleva a un niño a ser cómplice y partícipe de actos como estos?

Además de los niños sicarios, realidad aplastante de lo que la descomposición social significa en países como el nuestro; además de los niños entrenados por terroristas, guerrilleros o traficantes en países de Centroamérica, África y Medio Oriente; además de los niños francotiradores que asesinan a sus compañeros de escuela en Estados Unidos y algunas ciudades europeas; además de los niños atrapados en las redes de la delincuencia en los barrios marginales de los espacios urbanos, que terminan cometiendo asesinatos como parte de su actividad criminal; estos niños que salen de sus casas buscando desaburrirse, que no tienen planeado terminar el día convertidos en homicidas, que descubren el placer en el sadismo mientras juegan a ser verdugos, que no registran las consecuencias de sus indolentes actos hasta que sienten la urgencia de esconder las evidencias de su barbarie, que no volverán a ser los mismos ni a volver a su rutina, a su aburrida rutina de la que lograron escapar perdiendo su cuota de humanidad, su libertad y su futuro, estos niños, ¿qué reflejan de nosotros? ¿Qué sociedad los formó?

jueves, 1 de enero de 2015

¡Primer Sexenio!





2014 fue un año difícil, Peña Nieto seguro jamás lo olvida -je-, pasó de ser el "salvador" de México a una figura de inacción hecha de cartón para ser quemada, golpeada y decapitada por el pueblo que lo odia (que es la gran mayoría, pese a que los peñabots parezcan ser muchos, y los que prefieren que la indignación no se manifieste ni siquiera con hashtags sean todavía más).

Fue un año de cambios y despertares en este país, lo que podría ser semilla de movimientos de mayor complejidad que una marcha o un bloqueo, pese a la demanda de que las manifestaciones permanezcan pacíficas, o del lógico desgaste de la movilización popular. Lo que sí es tangible ya, es que germinó una conciencia crítica que invita a la acción organizada.

Lo cual es muy bueno.

Ni el levantamiento del Ejército Zapatista hace exactamente veintiún años, ni la protesta masiva de quienes estaban convencidos de que hubo fraude en las elecciones de 2006 (los dos sucesos que volvieron a convocar a la Sociedad Civil que se organizó espontáneamente por primera vez después del sismo de 1986, para cubrir el vacío del tibio gobierno de entonces) habían provocado las multitudinarias adhesiones solidarias que se han presentado después de la desaparición y asesinato de estudiantes normalistas de Ayotzinapa, la gota que derramó el vaso de la indignación por la impunidad y la connivencia de autoridades corruptas con narcotraficantes. Por eso la protesta y la rabia se ha dirigido hacia lo alto de esas autoridades, tomando la figura presidencial como catalizador de toda la incomodidad y disgusto populares. Sumando la mirada crítica de los medios que antes le brindaban tolerancia cómplice, y la reprobación a su gestión desde otros países, el sexenio de Peña Nieto se ve más complicado de lo que ha sido el sexenio de este blogcito cumpleañero. Aquí sólo hemos tenido un (absurdo) reclamo por el nombre, un (absurdo) pleito entre divas ególatras, y unas cuantas (absurdas) grafiteadas en un post popular, que vio pintadas sus paredes con frases escatológicas cual baño de secundaria.

Fuera de eso, pura buena vibra ha llegado por aquí. Más de la que su inconstante, (mentalmente) inestable e inconsistente autora merece. Gracias por eso, ustedes son mejores lectores de lo que yo soy como bloguera.

Yo no puedo hacer un balance objetivo de este año, personalmente me siento mejor que nunca, es decir, en una de mis etapas de mayor estabilidad en varios niveles, además de algunos logros individuales, las celebraciones recientes me han confirmado que tengo amigos sinceros con los que mantengo lazos muy firmes, además de la suerte inmensa de ser parte de una familia felizmente disfuncional, pues tal como decía Tolstói, las familias infelices lo somos de distinta manera, incluso dando cabida a una felicidad intermitente y necia, que regresa tozuda a instalarse en cualquier recoveco que encuentra, pese a las grandes tragedias que tampoco se resignan a abandonarnos. Porque a pesar de esas pequeñas y crecientes dosis de dicha, y de avances tímidos que logramos, dos sucesos añadieron el drama que la vida requiere. Dos pérdidas, dos ausencias, dos huecos en el estómago y el pecho, dos nudos en la garganta que se deben disimular con la sonrisa, pese a todo, sincera. Porque de eso se trata la vida, ¿no es cierto?, de buscar sonreír de nuevo, de intentar sonreír otra vez.




Así se iluminó Europa celebrando el cumple del blogcito. Apenas comenzó el año y luego luego se pusieron bien loquitos festejándonos hasta en Dubai, Hong Kong y demás hermanas repúblicas. ¿Qué chiditos, no?

Y hoy mi sonrisa es muy plena. Yo termino el año brindando como en La Traviata, y comienzo los años acompañando mi primer despertar con los aplausos de la Marcha Radetzky de Johann Strauss, que concluye el tradicional Concierto de Año Nuevo en Viena.

Y desde hace seis años, esta es mi celebración por El Fanzín, por todas las cosas lindas que me ha traido: el aprendizaje, las conversaciones, las amistades, la empatía, las ideas en tránsito, las puertas que se abren, las voces que escucho, los estilos que reconozco, los caminos que recorro, los puentes que se tienden, las manos que se brindan, las causas que se abrazan, las personas... sobretodo, las personas. Los avatares que se vuelven personas, los nicks que se vuelven nombres.

Carmen, Nora, Marichuy, Donají, Luis, Aurelio, Bertha, Ana, Tere, Laura, Carolina, Gisela, Max, Hugo, Carlos, Adriana, Jesús, Juan, David, Ángela, Norma, José, Sergio... nombres que se han vuelto amigos constantes, maestros y cómplices, presencias que entibian la virtualidad, y junto a todos estos nombres, hay tres que me persiguen siempre, porque sé que El Fanzín les debe mucho y necesito agradecerles: Andrés, Rodrigo y Ulisses. No fui inteligente y no supe dejarles saber la importancia que tuvieron para mí y para el blog, no supe corregir mis errores ni tuve la suficiente madurez, y lo lamento de manera recurrente, ojalá un día tenga la oportunidad de ofrecer la disculpa obligada.

Por hoy, agradezco la oportunidad de celebrar brindando y aplaudiendo así:






Feliz Año. Feliz Vida.

Adendum: releyendo la entrada de hace un año, en que transmito toda la frustración de ir contra un sistema sin mayor esperanza de provocar un cambio, hoy puedo decir que todas estas manifestaciones han servido, además, para que la esperanza se vuelva más robusta y firme, de ahí el cambio de ánimo registrado en este último año. El sistema sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso, esperando nuestro total despertar... pero somos más ahora.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

No sólo por Ayotzinapa


No sólo es por Ayotzinapa. Todo este hartazgo, el reclamo, la denuncia, la protesta y la indignación no es sólo por Ayotzinapa, no es sólo por las cuarenta y tres ausencias en cuarenta y tres hogares, además de las nueve muertes comprobadas tras los ataques de elementos de la policía y del cártel Guerreros Unidos, contra estudiantes normalistas hace un mes en Iguala (Guerrero); es por Aguas Blancas, por los diecisiete campesinos asesinados (y veintiún heridos) por policías del estado de Guerrero en 1995; es por Acteal, por los cuarenta y cinco indígenas asesinados por paramilitares en 1997; es por el asesinato de dos jóvenes, el abuso sexual a veintiséis mujeres, y la tortura y vejaciones a los detenidos (incluyendo diez menores) en San Salvador Atenco en 2006; es por los cuarenta y nueve niños muertos (y setenta y nueve heridos) durante el incendio de la Guardería ABC, en Hermosillo (Sonora), en 2009, hecho por el que ningún funcionario ha sido procesado (testimonios afirman que el incendio fue provocado bajo órdenes de personas del gobierno de Sonora); es por la violenta represión del 1 de diciembre de 2012, durante las manifestaciones en contra de la toma de protesta de Enrique Peña Nieto, que causó un muerto, desapariciones y varias detenciones arbitrarias; es por José Luis Alberto Tehuatlie Tamayo, de trece años, que fue declarado con muerte cerebral tras sufrir un impacto de bala de goma disparada por granaderos, en julio de 2014, víctima de la "Ley Bala" en Puebla, aprobada por Moreno Valle; es por los veintidos ejecutados en Tlataya, Estado de México, por miembros del Ejército Mexicano, así como por el encubrimiento de los hechos y la evidencia de que se trató de una ejecución; por  por supuesto, también es por el recuerdo vigente de las matanzas de Tlatelolco en 1968, y el Jueves de Corpus Cristi en 1971, junto a otros crímenes de estado, entre los que figuran cateos ilegales, detenciones arbitrarias, impunidad de abusos militares, fallas en el sistema de justicia penal, desapariciones, tratos crueles, vejatorios e inhumanos, asesinatos y violaciones.



Todo esta denuncia no sólo es por Ayotzinapa, no es sólo porque la orden de disparar y secuestrar a los estudiantes normalistas fue por parte de la pareja que ostentaba el poder en Iguala, y por sus ligas con los cárteles del narcotráfico en el estado de Guerrero, es por los siete muertos y ciento treinta y ocho heridos por un atentado atribuido a narcotraficantes en el Zócalo de Morelia (Michoacán) en 2008, en plena celebración del Día de la Independencia; es por los diez asesinados (entre ellos un niño de ocho años) en Durango, por pasarse un narcoretén en la zona conocida como Triángulo Dorado, en marzo de 2010; es por los dieciseis estudiantes asesinados (y doce heridos) en Villas de Salvárcar (Chihuahua), cuando fueron baleados por presuntos zetas mientras celebraban un cumpleaños en el interior de una casa particular; es por los diecinueve internos de un centro de rehabilitación en Chihuahua que fueron ejecutados por sicarios en junio de 2010; es por los diecisiete jóvenes ejecutados (y dieciocho heridos) mientras celebraban en un salón de fiestas de Torreón (Coahuila), en julio de 2010; es por los setenta y dos ejecutados (58 hombres, 14 mujeres, en su mayoría inmigrantes) en San Fernando, Tamaulipas, en agosto de 2010, al parecer por no querer unirse a los cárteles de narcotráfico; es por los ciento noventa y tres cadáveres hallados en cuarenta y siete fosas, también en San Fernando, Tamaulipas, en 2011; es por los trescientos secuestrados (y aparentemente ejecutados) en Los Cinco Manantiales, en Allende, Coahuila, presumiblemente por Los Zetas, como probable vendetta, en marzo de 2011; es por los treinta y cinco cadáveres arrojados en la Zona Dorada de Boca del Río, Veracruz, en septiembre de 2011, cuya ejecución fue atribuida al cártel Jalisco Nueva Generación, por su presunta vinculación con Los Zetas; es por las trescientas cuarenta personas enterradas en fosas que se encontraron en Ciudad Victoria, Durango, en abril del 2011; es por las cincuenta y dos víctimas mortales del atentado al Casino Royale en agosto del 2011; es por los veintiocho cuerpos encontrados en las diecinueve fosas clandestinas que se descubrieron en las inmediaciones de Iguala, Guerrero, durante la búsqueda por los cuarenta y tres normalistas secuestrados en el pasado mes de octubre. Y por otros crímenes atribuidos a los cárteles del narcotráfico en su lucha por el control de territorio, entre los que se cuentan despojos, secuestros, torturas, violaciones, ejecuciones individuales y masivas, así como asesinatos contra la población civil.

Toda esta indignación no es sólo por Ayotzinapa, es también por María Elizabeth Macías Castro "La Nena Laredo", de Tamaulipas, periodista cuyo cuerpo decapitado se encontró en septiembre de 2011 con un mensaje intimidatorio para los que, como ella, reportaban situaciones de riesgo por las redes sociales; por Humberto Millán Salazar, de Sinaloa, secuestrado y ejecutado en agosto de 2011 tras denunciar casos de corrupción política y delincuencia organizada; es por Yolanda Ordaz, de Veracruz, raptada causa de su larga labor de información policíaca, su cuerpo decapitado fue encontrado con un mensaje intimidatorio; es por el columnista Milo Vera y su hijo Misael Vera, fotorreportero, asesinados en el interior de su casa junto a Agustina Solano, esposa y madre, respectivamente, el triple homicidio fue días después de una columna que denunciaba operaciones de narcotráfico en Veracruz, en junio de 2011; es por Gregorio Jiménez, de Veracruz, secuestrado y encontrado muerto seis días después, en febrero de este año, y que es uno de los periodistas asesinados en este 2014; es por Atilano Román, locutor y líder agrario asesinado en Sinaloa cuando hacía su programa de radio, este mes de octubre pasado; es por Karla Janeth Silva Guerrero, reportera del diario El Heraldo, agredida e intimidada por criticar el desempeño de Silao, Guanajuato,  y es por los más de cien periodistas asesinados desde el año 2000, entre los que se encuentran reporteros, fotorreporteros, locutores, directores editoriales, columnistas y jefes de redacción, así como por los periodistas desaparecidos a causa de su labor informativa.



Todo esta dolorosa rabia no es sólo por Ayotzinapa, es por María del Rosario Fuente Rubios "La Felina", doctora que fue secuestrada y asesinada cuando la identificaron como titular de la cuenta en Twitter @miut3 que reportaba situaciones de riesgo y actividades del crimen organizado, así como fomentar la denuncia ciudadana en Reynosa, Tamaulipas, este mes de octubre; es por los dos jóvenes asesinados y colgados de un puente en Tamaulipas, con un narcomensaje atribuido a Los Zetas en el que se especificaba que era por denunciar en Twitter las actividades del narco, en septiembre de 2011; es por Marisela Escobedo, asesinada por denunciar y localizar al asesino de su hija Rubí Marisol Frayre Escobedo; es por Sandra Luz Hernández del grupo Madres de Hijos Desaparecidos, asesinada en Culiacán, Sinaloa, en mayo de este año, después de meses de buscar a su hijo Edgardo García Hernández; es por Nepomuceno Moreno, Don Nepo, asesinado por insistir en la búsqueda de su hijo Jorge Mario Moreno León, secuestrado a los diecisiete años; es por Alejandro Solalinde, conocido como el Padre Solalinde, director del albergue Hermanos en el Camino, que brinda atención a migrantes, de quienes también defiende sus derechos humanos, y que ha sido amenazado de muerte en varias ocasiones, teniendo, incluso, que salir del salir para protegerse; es por Nestora Salgado, ciudadana estadounidense encarcelada por comandar la Policía Comunitaria de Olinalá, su pueblo natal, en agosto de 2013; es por José Manuel Mireles Valverde, médico y exlíder de las autodefensas en Michoacán, encarcelado con falsos cargos de posesión de arma y drogas en julio de este año, 2014; es también por Digna Ochoa, abogada defensora de derechos humanos asesinada en 2001, y por todos los valientes civiles que se enfrentan desde su trinchera al narco, convirtiéndose en informantes, defensores de derechos humanos, investigadores, denunciantes y activistas, que continúan con su autoimpuesta tarea de no ceder ante la delincuencia organizada y la corrupción de las autoridades, poniendo en riesgo su vida. Más de sesenta defensores de derechos humanos han sido asesinados en los últimos cinco años.

No sólo es por Ayotzinapa, donde el 26 de septiembre de este año un grupo de estudiantes de la Normal rural “Isidro Burgos” sufrió el ataque de policías municipales por órdenes del presidente municipal de Iguala, José Luis Abarca, y su esposa María de los Ángeles Pineda, emparentada con el cártel local "Guerreros Unidos". No es sólo por las nueve personas que murieron en los ataques, incluyendo al de un autobús con jóvenes futbolistas al confundirlos con estudiantes normalistas. No es sólo por Julio César Mondragón, cuyo cadáver fue encontrado  dos días después, con el rostro desollado y con los ojos arrancados de sus cuencas, como muestra de la violencia sádica con que fueron atacados. No es sólo por la desaparición de cuarenta y tres normalistas que fueron secuestrados por esos elementos de la policía para entregarlos a los“Guerreros Unidos”. No es sólo por los veintiocho muertos encontrados en las nueves fosas clandestinas que se han hallado en la búsqueda de los normalistas desaparecidos. No es sólo por la solapada actitud de autoridades y partidos políticos que ignoraron todas las denuncias en contra del presidente municipal de Iguala, permitiéndole total abuso de autoridad. No es sólo por todos los días que dejaron pasar antes de actuar ante la presión social y las condenas internacionales, aceptando la renuncia del gobernador del estado, recibiendo a los padres de las víctimas, aplicándose a la búsqueda de los normalistas secuestrados, así como de la pareja de Abarca y esposa, quienes huyeron con facilidad. No es sólo por el montaje ante medios de la aprehensión de Abarca y su esposa, para calmar las protestas y la movilización, dentro y fuera de las fronteras nacionales.


No es sólo por Ayotzinapa, es por toda la violencia y descomposición social resultante de la corrupción de las autoridades en contubernio con el crimen organizado; es por las seis mujeres que mueren al día en el país (sumando más de cuatro mil feminicidios en los últimos cinco años), y la falta de voluntad política para resolver, o siquiera reconocer esta violencia sistemática; es por la pantomima de la "Guerra contra el narcotráfico", cuando ya todo el mundo sabe que el crimen organizado se ha filtrado en todas las esferas del gobierno; es por la indolencia ante las víctimas de la violencia que estas políticas han provocado; es por la criminalización de la protesta; es por la complicidad de los poderosos grupos mediáticos; es por la indefensión ante el poderío de la delincuencia organizada, y ante el abuso de autoridades corrompidas e ineficientes; es por la impunidad con que se permiten actuar, diversificando sus actividades al secuestro, la extorsión y la trata de blancas; es por el narcogobierno que han impuesto a una ciudadanía inerme.

No es sólo por Ayotzinapa, es por las más de veintiseis mil personas que están oficialmente desaparecidas (cifras que dan ong´s y la ONU ascienden a trescientos mil). Es por las ciento cincuenta mil personas que han sido asesinadas en los últimos diez años.

No es sólo por Ayotzinapa, (esta movilizacion, esta protesta, este reclamo) es por todo México.

domingo, 14 de septiembre de 2014

De Chiles en Nogada y Esclavitud Moderna en México

Nadie se come dos chiles en nogada, afirma la tristemente célebre #LadyChiles, mujer que alcanzó la fama viral por su mala idea de querer exponer mediante un video a su empleada doméstica de robarle la comida, y lo que resultó expuesto fue su clasismo y arrogancia. Otra de sus frases famosas indican que los chiles en nogada llevan religiosamente veinticinco ingredientes, lo cual me lleva a buscar las recetas tradicionales y contar cada uno de los ingredientes para ver si me falta alguno que le quite religiosidad a mi platillo. Por si acaso, acompañaré su preparación y degustación con bebidas espirituosas, como el buen pulque, la bebida de los dioses, o un mezcal, recomendado por la sabiduría popular para acompañar el bien y el mal.

Del origen de los chiles en nogada ya hablamos aquí, pero como fue hace años, podemos volver a hacerlo con total gusto: para celebrar el santo del héroe insurgente Agustín de Iturbide, y para agasajarlo durante su paso por el estado de Puebla en su camino rumbo a la capital -y rumbo a la proclamación de la Independencia-, bajo las órdenes del obispo de Puebla. las monjas de la orden de San Agustín del convento de Santa Mónica le ofrecieron un abundante banquete con catorce platillos preparados por ellas y por otras monjas de conventos cercanos. Temiendo por ser envenenado el futuro emperador eligió al azar un platillo, y quiso la suerte que la feliz elección recayera en ese plato montado con ingredientes que recreaban los colores de la nueva bandera del Ejército Trigarante.

Hecho con ingredientes locales y de temporada, los chiles en nogada se han perpetuado como uno de los platillos que más identifican a la gastronomía mexicana, y que más se relacionan con el lujo culinario en este país. En esta época son casi una obligación en cualquier menú de restaurante, fonda o lonchería. Son un lujo si se incluyen en el menú familiar, y un anhelo si sale a comer fuera.

En este año he notado una fiebre por aclarar los ingredientes que lleva o no lleva la receta original. Así, he leído que el chile poblano debe ser de la variedad miahuateco de la zona de Tehuacán, Puebla, que el capeado (sumergido en espuma de huevo y freido en abundante aceite) es obligatorio, que las frutas del relleno son de una variedad específica (manzana panochera, pera lechera y durazno criollo), así como la nuez de la salsa con que se bañan (nuez de castilla, jamás usar pecana), que los piñones deben ser rosados, el queso de cabra que se utiliza no es del tipo francés, que las carnes de ninguna manera van molidas sino finamente picadas, y que deben guisarse con jitomate molido. El jeréz es opcional (para una salsa de nuez dulce, que también puede ser salada), así como la piña (que se recomienda asar previamente).

Esta urgencia tan purista me salta un poco, no entiendo para qué tanta "religiosidad" con un platillo que ya se ha transformado desde que salió de las cocinas conventuales, y que sigue siendo delicioso con todo y esas variantes. El cambio más grande es el de la misma carne, que no estaba incluida en el platillo original (y cuya receta data desde 1714, no fue invención de esas traviesas monjitas), otro cambio cultural es el del capeado de huevo, pues las preferencias actuales favorecen una variación más sana al evitarlo. La salsa de nuez sigue siendo muy rica aunque no haya sido hecha con nueces de cosecha reciente ni se haya evitado la nuez pecana, mucho más accesible que la de castilla. El relleno lo he probado casi siempre sin jitomate, con algunas frutos secos más (dátiles, pasas, arándanos, durazno y manzana deshidratados), y con algunos ingredientes extra, como aceitunas verdes o negras, papa o zanahoria, incluso con mariscos en lugar de carne (¡delicioso!). 

Pero el cambio definitivo será el del acitrón, hecho a partir de la cristalización de la pulpa de la biznaga, planta cactácea catalogada como especie en extinción, por lo que está prohibida su comercialización (lo que no la ha impedido hasta el momento, y es ofensivamente sencillo adquirirlo en cualquier mercado), una buena sustitución es la jícama cristalizada, pero si esta tendencia a "rescatar" la receta tradicional (que no la original, pues ya vimos que esa no llevaba carne) sigue, no será necesario respetar la prohibición, sino que simplemente ya no existirá más la hermosa planta (que también es excesivamente requerida para ornato, en otra tendencia, ahora de decoración).

También la opción de un chile en nogada sin capear me parece defendible, pues si bien en ese tiempo el uso del huevo elevaba el lujo de un platillo, en la actualidad el huevo es uno de los ingredientes menos costosos, y lo que eleva el capeado es su contenido calórico, así como el colesterol y los triglicéridos, por lo que se vuelve un platillo prohibido para muchos, especialmente diabéticos e hipertensos.

Pero aún con todas estas exigencias y precisiones, no me da la cuenta de los veinticinco ingredientes que presume la #LadyChiles, por lo que sería muy buen detalle que resarciera un poco del daño a la sociedad compartiendo su receta (vi una fotografía de sus famosos chiles, y realmente se veían ricos). Yo creo que la comida, como tantas herencias culturales, incluido el lenguaje, no pueden evitar su transformación, y esa lucha encarnizada de algunos por conservar su pureza, es una de las pocas causas perdidas con las que no simpatizo. Por eso mi propuesta para estas fiestas septembrinas es un chile poblano relleno y envuelto en pasta de hojaldre sobre un espejo de salsa de nuez, y con el tradicional adorno del fruto de la granada encima.

Estos son "chiles momia", envueltos en hojaldre pero con "huesitos" de pan, los hicimos para la ofrenda del Día de Muertos del año pasado, pero su hechura es similar. Están rellenos de carne de res y cerdo guisadas con frutos secos (también son muy ricos con un espejo de salsa de tres chiles, para otra ocasión que no sean estas fiestas patrias, por supuesto).

El caso de Lady Chiles señaló la discriminación y el clasismo en nuestra sociedad, tan pomposamente orgullosa de no ser racista. Sin embargo, el racismo existe, tan camuflajeado como la xenofobia, y manifestado especialmente hacia nuestras raíces. Nos avergüenza nuestra herencia indígena y la rechazamos cuando se evidencia en la piel y en los rasgos, incluso cuando esa evidencia es en nosotros mismos (o  nuestros hijos).  Hace unos meses se hizo otro escándalo en redes y noticieros al evidenciar a una agencia que invitaba a un casting para anuncios de Aeroméxico, en el que solicitaron un "look Polanco", entendiéndose por este la piel blanca y los rasgos finos, además de que se perciba un estilo de vida alto, sin embargo, el "casting" personal que cada uno hacemos no dista de esa postura, pues hay una inclinación general para favorecer y considerar más atractivos a las personas con esas características. Consideramos una suerte y una cualidad nacer "güerito", siempre es un motivo de orgullo. Si alguien de la familia nos presenta a su nueva pareja, pensamos que logró una buena conquista si esa persona tiene características que identificamos con una clase social más alta de la que tenemos y un fenotipo que se acerque más al caucásico ("hay que mejorar la raza", es una expresión popular). También es habitual utilizar palabras como "indio" e "indígena" de manera descalificativa, y entre menos se nos vea el mestizaje más posibilidades se tiene de recibir un trato digno.

Podríamos decir que esa es nuestra herencia cultural colonialista, el considerar todavía al indígena como una persona inferior, aunque la verdad es que en las culturas prehispánicas también había jerarquías que se consolidaban con acciones y actitudes muy desventajosas para las clases inferiores o para los pueblos dominados. Pero es durante la colonia que se siembran todos los prejuicios que todavía hoy nos dominan, y en pleno siglo XXI seguimos considerando que ser blanco es ser superior y que es prerrogativa de ellos tener mejores condiciones en varios aspectos. Y aunque la esclavitud se abolió desde 1813, en la práctica el vasallaje y la servidumbre constituyeron una forma de esclavitud que todavía se da en la actualidad bajo las actividades del trabajo doméstico y el cuidado de personas, con condiciones que vulneran a los empleados, como es una paga insuficiente, una carga de trabajo muy pesada, horarios extensos con jornadas desgastantes y no definidas, actividades extras, ausencia de prestaciones laborales, abusos, maltratos y humillaciones.

#LadyChiles representó todo esto en una acción que ella misma evidencia en video, porque esta vez no es una videodenuncia en que se graba a un prepotente déspota y se exhibe para su condenación pública, es ella misma la que prepara el escenario y las condiciones para que la cámara casera la grabe humillando, exhibiendo y acorralando a su empleada doméstica, que ha tomado comida sin su consentimiento y pretende llevársela consigo al salir de su casa, terminada ya su jornada de limpieza. #LadyChiles es quien, satisfecha de su grabación y su proceder, publica el video y lo comparte en Facebook, con un mensaje a manera de introducción, un mensaje titulado: "Entre más conozco a la gente, más quiero a mi perro", como preámbulo del trato indigno que demuestra le merecen las personas que no considera sus pares, a los que obsequia con chiles en nogada. #LadyChiles representa a todas esas patronas de clase media que considera a sus muchachas "casi como de la familia", pero que en ese "casi" engloban toda la distancia que una clase, una estirpe y una jerarquía ameritan. Casi son de la familia, casi las tratan como a un igual, casi las respetan, casi las valoran y casi las remuneran como su trabajo merece. Las dádivas son un extra, toda esa comida que les comparten, casi sin escatimar (en este caso, un chile, el segundo ya era un exceso), la ropa que les obsequian, casi sin usar, el espacio que les brindan, casi suficiente, el trato que les dan, casi decente, casi humano. Casi como si fueran personas, y no sólo unas sirvientas, no sólo un jardinero, no sólo el conserje, no sólo la de intendencia, no sólo el valet parking, no sólo un mesero, no sólo una cajera, no sólo un albañil, no sólo el de seguridad.

Estas personas de clase media, pequeño-burguesas, tienden una mano a las personas a las que previamente les han abierto una zanja, y que al menor pretexto, se la señalan para recordarles que ahí está. Que no por que en su generosidad las traten como a un igual, crean que realmente lo son. Y que no se olvide que el dinero que dan a cambio de su trabajo, exige también lealtad e incondicionalidad, tal como en el vasallaje.

Reporte Índigo muestra en su reportaje Domésticas al mejor postor, la denigrante manera en que las empleadas domésticas son ofrecidas en agencias de colocación, llegando incluso a ofrecer un "combo 2x1": una empleada y su hija por el mismo precio. O jovencitas para "hacer a su modo". Así de denigrante es el trato que una empleada doméstica recibe, especialmente cuando tiene un origen rural o pueblerino.

La #LadyChiles no recibió el aplauso y los "likes" que seguramente esperó. Por lo contrario, aunque sí hay quien lamenta que se victimice a una ladrona de comida, la viralización de su condena la volvió famosa en cuestión de horas, para el anochecer de ese día también los noticieros y los portales informativos reseñaban su caso, así como los memes burlones y críticos que recibió en redes sociales, además del linchamiento mediático. Ella se defiende justificando su proceder, sin entender que nada, ni siquiera el abuso de confianza del que se sintió víctima, justificaba la humillación pública que le hizo a su empleada. Sin embargo, nadie juzga a los que, queriéndose burlar de ella, hicieron escarnio de su hija muerta, de los que difundieron sus datos personales incitando al odio y a la acción violenta en su contra, de los que también la hicieron víctima de humillaciones y acoso cibernético. Las masas cibernéticas tienen la misma irresponsabilidad que las que en el plano físico linchan a presuntos culpables, sin más evidencia que la sospecha pública.

Hay otro aspecto que esa masa que se erige como juez no tomó en cuenta: lo cerca que está cada uno en ser una #LadyChiles. Mientras no se erradique del todo esta cultura de discriminación, todos estamos predispuestos a hacer menos a otro (una muestra es la cantidad de personas que defiende y apoya su conducta). Ser güerito, ser bonito, vestir caro (lo que nuestro bolsillo considere caro), considerarse culto o académicamente más preparado, ser empresario, ser jefe, ser del gobierno, ser hermano de un Ministerio Público, ser esposa del gerente, ser hijo del compadre de un subalterno de un funcionario, siempre trae prerrogativas, al parecer. Y, casi indignados, preguntamos: "¿No sabes quién soy?", o advertimos: "No sabes con quien te metes", si alguno tiene la mala idea de provocarnos. Tener un cargo directivo no se entiende como tener más responsablidades que los demás, sino tener poder sobre ellos. Pero especialmente el dar empleo es algo que nos eleva ante nuestros propios ojos, nos sentimos omnipotentes y todopoderosos sobre esas personas que voluntariamente se pusieron a nuestra disposición y reciben nuestra generosa paga (como si no se lo hubieran ganado mediante un intercambio de servicios previamente acordado). Y esta misma cultura de sometimiento nos hace menospreciarnos a nosotros mismos, obligándonos a ser no sólo leales, sino incondicionales y hasta sumisos o serviles para granjearnos al jefe y conservar el trabajo. "Para eso nos alquilamos", es común escuchar entre empleados, asumiéndose como una mercancía más.

La erradicación de la palabra "sirvienta" es tan lenta, como la concienciación de lo ofensivo que son las otras formas de llamar a las personas que nos ayudan con el trabajo doméstico, "gatas" y "chachas" siguen siendo términos comunes, así como los abusos a los que las someten sus empleadores, tristemente no son excepciones el maltrato y el abuso sexual.

Dos siglos después de abolirse la esclavitud, perpetuamos otras formas de explotación del ser humano, y seguimos favoreciendo un sistema de castas.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...