Niccolò Paganini, hasta los legos lo sabemos, es el más virtuoso violinista en toda la historia. Su nivel de virtuosismo era tan grande, que la única explicación que algunos encontraron fue que era por obra del demonio. Se habló de un pacto con el diablo, hecho durante el presidio por haber matado a un músico rival. Incluso hubo el testimonio de un testigo que aseguró haberlo visto postrado, jurando ante El Maligno: "Le dijo que su alma era suya a cambio de tocar como un ángel. Se encendió una luz que me cegó, Paganini se levantó y siguió su camino".
Hay otros testimonios, pero estos sobre sus actuaciones, diciendo que se presentaba a tocar con fuego iluminando el escenario, y a la vez que se sucedían las notas prodigiosas, las llamas parecían consumirlo todo detrás de él. Así lo veían en el escenario, creciéndose ante un público extasiado. Y aunque se le describía "feo, descuidado y trasudado", y pese a las ropas negras hechas jirones, y aun con la fama de ser un músico diabólico, no sólo el público en los auditorios sino también las mujeres en sus brazos se rendían completamente.
La leyenda sobre el origen diabólico de su genio musical inició desde a los cinco años, cuando se dice que su madre se despierta de un sueño diciendo que se le había aparecido el demonio anunciando que su hijo sería un gran violinista, por lo que el padre lo obliga a practicar diez horas diarias, con cruel disciplina, advirtiéndole: "Nicolás, tú vas a ser el más grande violinista del mundo, de mi cuenta corre". De tal forma que cuando se presentó ante el maestro Alesandro Rolla, éste admitió: "...no tengo nada que enseñarte".
Tratando de buscar una explicación más racional a su virtuosismo, se ha dicho que padecía aracnodactilia, manifestación del Síndrome de Marfán, pero esto es inexacto, pues de ser así hubiera presentado también otras características, como una elevada estatura y desproporciones esqueléticas, sin embargo, hay otro síndrome llamado de Ehlers-Danlos, que bien podría justificar sus características, en una de sus once variantes. Porque lo que sí está comprobado es su gran elasticidad y flexibilidad articular en manos y brazo, lo que le permitía interpretar movimientos de alta dificultad con esfuerzos menores. Pero todas estas explicaciones estaban lejanas en ese tiempo, en que se le identificaba como El violinista del Diablo.
Hay quien dice que durante su encarcelamiento pudo tocar magistralmente con tan sólo una cuerda de su violín al que nombró Il Cannone. Por supuesto, la leyenda se ha extendido hasta el valioso instrumento, hecho por el principal rival de Stradivariu: Guarnieri, excelso laudero que trabajaba instrumentos de factura exquisita y perfección en el sonido tal, que se consideraron diabólicos, también, atrayendo prohibiciones de las autoridades religiosas, así como también le negaron sepultura eclesiástica al mismo Paganini.
Pero las leyendas de la influencia diabólica en la música no empezaron con Paganini, y sería tambíén un violín el que protagonizara un capítulo anterior: El Trino del Diablo.
El sueño de Tartini, de Louis-Leópold Boilly. 1824
En palabras del mismo Giuseppe Tartini, compositor y músico italiano, a su amigo el astrónomo Jèrome Lalande en una carta encontrada en el monasterio de San Francisco de Asis:
“Una noche, en 1713, soñé que había hecho un pacto con el Diablo y estaba a mis órdenes. Todo me salía maravillosamente bien; todos mis deseos eran anticipados y satisfechos con creces por mi nuevo sirviente. Ocurrió que, en un momento dado, le di mi violín y lo desafié a que tocara para mí alguna pieza romántica. Mi asombro fue enorme cuando lo escuché tocar, con gran bravura e inteligencia, una sonata tan singular y romántica como nunca antes había oído. Tal fue mi maravilla, éxtasis y deleite que quedé pasmado y una violenta emoción me despertó. Inmediatamente tomé mi violín deseando
recordar al menos una parte de lo que recién había escuchado, pero fue en vano.
La sonata que compuse entonces es, por lejos, la mejor que jamás he escrito y aún la llamo “La sonata del Diablo”, pero resultó tan inferior a lo que había oído en el sueño que me hubiera gustado romper mi violín en pedazos y abandonar la música para siempre….”
Les dejo la obra musical en tres partes, interpretada por Oscar Shumsky, quien nos legó una de las mejores interpretaciones, si no tienen el suficiente tiempo para los tres videos, por favor no se pierdan el segundo, que a mi gusto es el más disfrutable, y que me hace decir -al igual que la de Paganini- que si esta es la música que inspira, es difícil no sentir algo de simpatía por el Diablo:
Y señores: con este post inician los festejos del Día de Muertos y de All the hallows eve. Felices mortuorias fiestas.
Hoy empiezan Las Posadas, fiestas que anteceden al día de Navidad, y que tradicionalmente consisten en pasear a "los peregrinos" (figuras representando a José y María buscando asilo nocturno en Belén, ella suele estar sobre un burro) mientras se canta una letanía; se "pide posada", se rompen piñatas y se reparten aguinaldos.
En la actualidad muchos se saltan los pasos de cantar letanías y pedir posada, sólo se rompen piñatas y se inicia una fiesta con comida, bebida y música para bailar, pero todavía la tradición se sigue en muchos hogares, así como en centros culturales y, especialmente, en iglesias y capillas, que es donde justamente tuvo origen la tradición.
Las posadas fueron, en su origen, un método de evangelización, supliendo a los días que se usaban para las fiestas aztecas del solsticio de invierno (de manera similar a como se transformaron las fiestas Saturnales romanas en los festejos de Navidad), en las que se veneraba a Quetzatcóatl nueve días antes de la coronación de Huitzilopochtli, en una gran fiesta solemne de gran peso espiritual. Apenas seis décadas después de La Conquista, el superior del convento San Agustín de Acolman, Fray Diego de Soria, solicitó al Papa Sixto V permiso para celebrar en la Nueva España unas misas "de aguinaldo", que se llevarían a cabo del 16 al 24 de diciembre, con el objetivo de preparar la Navidad. Durante ellas (una por cada mes que la Virgen María llevó en su vientre al futuro mesías) se hacían representaciones de escenas de la Natividad de Jesús, además de repartir fruta y dulces para simbolizar las bendiciones que recibían los seguidores de la doctrina de Jesús, y para hacerlas todavía más atractivas se preparaban fuegos artificiales, se cantaban villancicos y se rompían las piñatas.
La piñata tiene un simbolismo especial también. Tradicionalmente es una olla de barro forrada y adornada con papeles de colores alegres, simboliza al Diablo y a su manera de hacer llamativo al mal. A la olla se le adhieren siete conos de cartón, también adornados con cintas de papel, que simbolizan los siete pecados capitales, la vara con que se golpea la piñata representa la fuerza de la virtud necesaria para vencer a cada pecado. Romper la piñata con sus conos, significa acabar con el mal en vida; recoger los dulces y las frutas que tenía en su interior, significa recibir las bendiciones de resistir las tentaciones que puso el Diablo.
El origen de la piñata tiene dos versiones, uno de ellos dice que las culturas precolombinas de México ya las utilizaban en sus celebraciones, eran vasijas de barro con la forma de sus dioses rellenas de granos y frutos, y también simbolizaban los favores recibidos por los dioses. Hay historiadores que aseguran que una olla de barro adornada con plumas de colores se rellenaba con pequeños tesoros, como piedras preciosas o bayas de frutos, se colgaba de un poste del templo, y tras romperse con un palo, esos tesoros eran una ofrenda para el dios Huizilopochtli en la fiesta en su honor. La otra versión dice que el origen de la piñata se encuentra en China y en un ritual agrícola al inicio de cada año, en donde se vestía con papeles de colores a la figura de un buey, se rellenaba con cinco semillas diferentes, y tras que los reyes mandarines la rompían con varas de diferentes colores, se quemaban y se recogían las cenizas, pues se consideraba de buena suerte para el resto del año. La tradición llegó a Italia tras los viajes de Marco Polo, y ahí se le dio un sentido religioso, aunque en un principio se rompían durante las fiestas de Cuaresma.
Mercado popular y su oferta de piñatas
A nivel mundial la piñata se considera distintiva de México, y se ha adoptado especialmente para amenizar fiestas infantiles, como cumpleaños, pero la figura que más la identifica es un burro adornado con tiras de colores, y no la significativa estrella. Aquí es usual que también se elaboren con formas de personajes infantiles populares, de moda gracias a la televisión o al cine. Pero en diciembre, la protagonista vuelve a ser otra vez la estrella adornada con papel de china rizado, basta ver cualquier mercado popular en estas fechas, y como de su techo cuelgan decenas (o centenas) de estrellas de papel luminoso. Incluso se ha vuelto popular como motivo para adorno.
La monumental estrella que adornaba el Zócalo en años anteriores
Mañana les describo cómo es una posada tradicional en México.
Tarde, pero a tiempo... todavía es el aniversario de la muerte de Chava Flores, actor, planchador de corbatas, cobrador, contador, vendedor de ropa y zapatos, tlapalero, repartidor de carnes, editor, músico... y hacedor de canciones -como él mismo se describía-.
Cronista musical de la ciudad de México y sociólogo de sus habitantes (no en balde habitó en gran parte de las colonias populosas del Distrito Federal, como él mismo decía: "Y no viví en el Castillo de Chapultepec porque en ese tiempo, discriminatoriamente, sólo lo alquilaban al que fuera Presidente de la República"), juglar de su tiempo, bohemio, romántico e ingenioso, sus canciones no sólo son muestra de sus vivencias y de su humor inteligente, sino de la manera, aparentemente inocua, con que analizó la dinámica de la ciudad con sus pobladores, retratando sus costumbres, sus defectos, sus excesos, sus amores, sus pasiones, y también su memoria histórica, como cuando compuso La Bartola (aunque su título original fue de Peso sobre Peso, pero el público la identificó de esa otra manera) tras el anuncio de que el salario mínimo subía a dos pesos; sin embargo esta crítica social, él enfatizaba que no tenía intenciones de sumarse a la corriente de música de protesta. Es, junto a Gabriel Vargas (autor de la historieta La Familia Burrón) y Carlos Monsiváis, el cronista de la vida de los capitalinos de la segunda mitad del siglo XX, que por medio de la crítica y el humor ácido, señalaban virtudes y defectos (y con la reciente pérdida del último, el Distrito Federal ha quedado momentáneamente sin biógrafo).
Aquí una de sus pocas presentaciones en televisión:
Plus:
Anécdotas no muy conocidas de cuando estuvo en la cárcel acusado injustamente por fraude; del que sería su negocio más exitoso: un restaurante de estilo francés, y de la muerte de su mejor amigo, El Pichicuás, que inspiraría la canción con que abría todas sus presentaciones personales, en este enlace.
La Parca no está contenta en la Ciudad de la Esperanza no consigue un cuarto en renta (para ninguno le alcanza) Del Zócalo, un campamento le sirve de alojamiento.
En balde compró una carcacha para cumplir sus visitas varada en la megamarcha ni como llegue a sus citas. Y desde un segundo piso la muerte pide permiso.
No pudo entrar la flaca ni a los antros ni a las discos discriminada por naca la sacaron a pellizcos Pese a que iba muy catrina acabó en una cantina.
Y es que la pobre muerte ha pasado malos ratos tiene muy mala suerte ya ha sufrido dos asaltos Mordida de policía rata y secuestro en taxi pirata.
Desvalijaron su coche (lo dejó sólo un ratito) y le tocó en plena noche operativo en Tepito. Fue confundida en la lucha Con los mara-salvatrucha.
A favor de lo mejor le habló Serrano Limón declarándole su amor por supuesto, sin condón. Y en las ruinas de Provida fue contagiada de Sida.
“Ya estoy curada de espanto” -pensó la ingenua pelona- ne ha tocado sufrir tanto que me he vuelto bien cabrona” Pero venía lo más grueso: la sesión en el Congreso.
Última en un sondeo culpada de populismo fue chamaqueada en video víctima de sospechosismo pero lo que le enchinó el cuero fue ver atacado su fuero.
Ahí le enseñó la Padierna y le aconsejó Bejarano “Ólvidate de ser tierna, pega y esconde la mano” “Y sabe qué?, no se deje” fue sugerencia del Peje.
Aprende del dinosaurio sabio por viejo y por pillo da de madrazos a diario las clases las da Gordillo Y serás presidenciable vaticinó el innombrable.
Asimiló la enseñanza la muy aplicada Parca “no avanza aquel que no tranza” lo volvió lema de marca Dejó como buen chilango de sufrir como en un tango.
Ni se acongoja, ni suda "si la vida es carnaval -filosofa la huesuda- la muerte es un festival". Y es que no estaba muerta sino que andaba de fiesta DFiesta en el Distrito Federal.
Nota: Quería ponerles otra entrada, pero el equipo en el que estoy no tiene el software para leer mi archivo, así que les dejo estas calaveritas que como se habrán dado cuenta ya están medio pasadas de moda, pero igual y les causan algo de gracia (si no es así, siéntanse en libertad de mentármela... pero eso sí, háganlo rimando para que vean que no es de "enchílame otra" y ya -je-), para el domingo les pongo las que van dedicadas a los comentaristas regulares y el lunes una que mandé a un concursillo (a ver si es chicle y pega). Mientras, los dejo con dos animaciones muy ad-hoc para la época:
Estaba sentada en la sala oyendo lo discos de Gloria Trevi al revés, en mi búsqueda de algo que provocara verdadero terror, ya había visto las películas de Freddy vs. Jason y toda la serie de Crepúsculo, pero al diablito sentado en mi hombro ni los guiones malos le daban miedo.
Mi angelito se me cayó una vez que corrí para entrar al metro antes de que se cerraran las puertas del vagón; por consejo del diablillo no regresé a recogerlo y se quedó en la estación Chabacano, pensé que nos alcanzaría en la casa, pero tanta gente y tanto trasbordo lo han de haber confundido.
Curiosamente, el más afectado resultó ser el diablito. Nomás por fregar, a veces me da buenos consejos, como casi siempre hago lo contrario de lo que me dice, esas veces actúo mal sin querer, entonces se ataca de la risa y me hace burla, pero fuera de eso se aburre mucho; además ya lo regañaron por andar de bienhechor, del coraje, ese día estaba más rojo que nunca. La verdad es que extraña al angelito, dice que porque ya no tiene con quien pelear, pero sé que ya se había encariñado con él. Volví varias veces al metro y hasta le pregunté al policía, se me quedó viendo tan raro que hasta desistí, me senté en el suelo sin saber que hacer. Entonces ví que el diablito estaba igual de desolado.
Por eso lo quiero distraer, para que se le vaya la tristeza. Aunque para eso tenga que ver malas películas o escuchar todo el día a Los Fabulosos Cadillacs. Lo bueno es que es roquero, lo más fresa que oye es Fobia y Zoe, lo malo que cuando baila ská sus pezuñas me lastiman el hombre. La canción que más le gusta es la de Calaveras y Diablitos, dice que le recuerda a su amiga La Parca. “¿Qué?, ¿casi no habla?”, le pregunto con toda intención de impacientarlo, pero sin notar el sentido de mi mala broma me explica con total calma que es otra forma de nombrar a La Muerte.
-Quería conmigo –me cuenta, vanidoso.
No le creo, la verdad. No nada más es feo y con un carácter de los mil demonios, entre todos sus horrores está el estar pulgoso, siempre me pide que le rasque debajo de las alas, donde no se alcanza; por más que le insisto se niega a lavarse como si lo mandara a bañar con agua bendita, mejor se empapa en loción de azufre; eso y los gases que todo el tiempo se echa, hacen que la gente se pregunte de de dónde diablos viene ese olor.
Pero cuando está contento es bien chistoso. Se pone enfrente de las ráfagas de insecticida para embriagarse, ya intoxicado se abraza fraternalmente a las conexiones de electricidad ilegales diciendo que son sus primos; me jura amor y lealtad eternos, para comprobármelo se va con los otros diablitos de la oficina y regresa a chismearme los pecados en que han caído mis compañeros, y los pueda chantajear. Una vez a la semana le hago caso, para que no se me vaya a sentir, eligiendo las decisiones que no afecten mucho a terceros.
Afortunadamente tengo bastante sentido común. Incluso a veces me tocó corregir al angelito, que era muy prejuicioso para mi gusto. Sus consejos eran del tipo: “el mejor conceptivo es la abstinencia” o “así seas barrendero, busca ser el mejor barrendero del mundo”; tenía una filosofía que parecía haber sacado de libros de autoayuda o de manuales de motivación para vendedores. Eso sí, sus recomendaciones sobre dónde ir a comer sí eran muy buenas, en eso hasta el diablito me decía que le hiciera caso. Conocía dónde daban las mejores botanas, dónde despachaban mejor los tacos de barbacoa y dónde vendían los tamales más ricos y baratos; se ubicaba muy bien por toda la ciudad y me dirigía por atajos que ayudaron a quitarme la fama de impuntual; con amabilidad solícita aleteaba para refrescarme en los días más calurosos y me tranquilizaba tocando el arpa durante los embotellamientos y los días de corte. Y era divertidísimo oír cómo se peleaban entre ellos. Uno a otro se echaban en cara los errores de su currículum, enterándome de anécdotas que los ridiculizaban. Así supe que el diablito había ayudado a dar a luz a una parturienta y que el angelito había convencido a una viejecita de matar a sus nietos antes de suicidarse, para no dejarlos solos. Al principio me resentí con el cielo y el infierno por haberme mandado a sus representantes más incompetentes, pero luego me resigné al constante zumbido en los oídos de cuando hablaban con faltas de ortografía.
Pero ahora sin el ángel nos sentíamos perdidos, acalorados y malcomidos; esa orfandad nos unió más y se creó un lazo especial. Él se volteaba para no eructarme en la cara y yo le prometí que lo levaría a pedir calaverita, uno de sus pecados es el malichismo y lo emociona más el Halloween que el Día de Muertos.
Bueno, pero les estaba diciendo que trataba de atemorizarlo con las canciones de la Trevi al revés, cuando él me decía que le daban más miedo las versiones normales, tocaron a la puerta. Nos miramos con un signo de interrogación en la frente, nadie nos visita nunca. Abrí la puerta encontrándome frente a frente con La Muerte. Sin saludar, tartamudeé con torpeza: “A poco ya me toca”.
Pero no iba por mí. Iba por el diablito para invitarlo a salir esa noche de Todos los Santos. Nos contó que acababa de ver al angelito, quien había cambiado el arpa por un güiro y cantaba con un grupo musical, no recordaba exactamente el nombre, era algo de ángeles azules o negros, pero ahora sus consejos eran de soltar el listón de tu pelo. Ella le había preguntado por el diablito y él le dijo dónde podía encontrarlo. Con eso nos dejó en claro que el angelito no sentía el mismo apego que nosotros por él.
Me tuve que tragar mis palabras al ver la coquetería con que ella le hablaba, quedaron de verse apenas terminara su jornada y se despidió de mí con un travieso: “nos vemos”.
-¿Cómo la ves?, sí quiere todo conmigo –presumió fanfarrón, pegándose juguetonamente en la barbilla con su puño-; lo bueno que estos días deja la guadaña y el manto negro, y se pone bien catrina –dijo, mientras se vaciaba encima todo el frasco de su loción de azufre.
Dos viejecitos que no tenían que comer salieron a distraer el hambre en el quicio de su puerta, para tomar el aire nocturno; en su interior, cada uno lamentaba el ayuno de varios días que llevaban, entristeciendo aún más ante la nula posibilidad de saciarla en los días venideros. A lo lejos, vieron que un pequeño cortejo fúnebre se acercaba; cuando las tuvieron de frente, las personas que cargaban el féretro les contaron que enterrarían el cuerpo en la ranchería siguiente, pidiéndoles asilo por esa noche. Amables, los ancianos ofrecieron con gusto su casa, cediéndoles su cama y convidándoles un agua caliente aromatizada con hierbas silvestres. Cuando lo huéspedes se retiraron a descansar, el señor le sugirió a su esposa que le sacaran la asadura al muertito.
- ¿La qué? -preguntó la sorprendida mujer.
- La asadura, las vísceras. Al muertito ya no le sirve, pero a nosotros nos puede servir para no morirnos de hambre.
Fue precisamente el hambre lo que convenció a la horrorizada esposa de obedecer a su esposo, incluso, de ser ella la que abriera con seguridad el abdomen del difuntito cuando el señor se arrepintiera en el último minuto. Hígado, corazón, riñones y tripas fueron extraídos con precisión quirúrgica, lavados, hervidos, tasajeados, salados, guisados en chile guajillo y ofrecidos a los huéspedes a la mañana, quienes se despidieron agradeciendo el alojamiento y el delicioso almuerzo (tras el cual incluso la carga parecía más liviana).
Golosos, los viejitos comieron hasta hartarse y quedar dormidos en un sopor tan pesado del que no salieron hasta muy avanzada la noche, cuando comenzaron a oír a lo lejos una voz que decía una cantaleta, que se iba repitiendo una y otra vez, a medida que la voz se iba escuchando cada vez más cercana, cada vez más próxima. Incrédulos, confundidos en un inicio, escucharon la voz recorrer el sendero que daba a la entrada de la casa, la oyeron atravesar el patio, entrar a la sala, subir por las escaleras hasta llegar a la puerta de la recámara en la que ellos se encontraban abrazados, temblando de miedo, aterrorizados de escuchar la cantaleta que repetía: “Din, don… vengo por mi asadura”.
Las muñecas finas de hace mucho tiempo eran de porcelana. Tenían una hermosa y pálida carita sobre la que se había dibujado, con maestría, unos ojos enormes y unos lindos labios color carmín, cerrados en una sonrisa ligera. A mi mamá se le advertía del peligro de dormirse junto a su muñeca, contándole de la niña que no había obedecido cuando se le dijo que no durmiera abrazada a la suya, y que había sido encontrada muerta después de que la linda muñequita volteó hacia ella sus ojos, diciéndole con una inquietante vocecita: “Mira mis dientes”.
A mi abuelo le encantaba el baile. No podía oír que la música llegaba traída por el viento, porque no podía detener sus pies hasta que encontraba el lugar de donde provenía. Entonces bailaba toda la noche. En balde Doña Celsa, su madre, le advertía que las fiestas eran del diablo. El apuntaba las orejas como un radar para saber en que poblado era el baile y se iba a su encuentro. Una vez una alegre música lo despertó. Había baile bajando el cerro. Se calzó sus huaraches, se puso su pantalón largo de manta y salió silenciosamente del jacal donde dormían sus padres. Llegó a las faldas del cerro y la música parecía salir de una ranchería cercana, bordeó la colina pero la música no venía de ahí, sino de atrás del monte. Al llegar parecía que salía de la barranca. Llevaba horas caminando y de repente se acordó de su madre. Y echó a correr rumbo a su casa mientras pensaba en voz alta: "Ahora sí que me lleva El Diablo".
Miré, y vi un caballo amarillo. El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía: y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra.
Ap. 6:8.
Miré, y vi su tonalidad amarilla, su inclinación tendenciosa, su morbosidad mercantilista. El que la dirigía, dirigía también la vastedad y la fuerza de ese caudal portentoso de información, tenía en su nombre la muerte y por consorte el infierno, la carroza fúnebre de la avaricia lo escoltaba, su valor era el dinero y gracias a él le fue concedido el cuarto poder sobre la superficie en la tierra, para matar con la palabra, para lucrar con la guerra, para alimentarse del hambre y comerciar con la mortandad. Y con los pecados, la ferocidad, los anhelos, las bajas pasiones, los devaneos, las debilidades, las atrocidades, los equívocos, la crisis, la humana necesidad de todas las fieras de la tierra.
El desagrado no impidió que continuara viendo, certifiqué con eso su primer axioma: el morbo vende.
"Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario; pero no dañes el aceite ni el vino".
Ap. 6:5.
La luz cegadora le impide distinguir quien habla. Sólo una voz lo guía, lo llama, lo reta. La voz le dicta la razón, le indica qué sentir, lo contiene. Lo convierte en su instrumento. Sumiso, asiente con la cabeza. Cede. Se abandona a la orden. Otra voz dentro de sí le indica el orden de sus frases. Acepta convertirse en marioneta. El juego de voces no lo confunde, alterna las órdenes recibidas y las obedece una a una.
Transmite el mensaje recibido. Sabe que esa es su misión: difundir la verdad, propagar el decreto. La voz -la externa-, le hace saber su satisfacción. Él también está orgulloso de sí mismo, sabe que frente a él hay alguien que lo escuchará y hará obediente réplica de lo que ha dicho. Y la mercancía se agotará en los almacenes, la temporada de rebajas ha comenzado.
Entonces salió otro caballo, rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros.
Ap. 6,4.
Y se levantaron hermano contra hermano, aunque de la misma simiente e idéntica imagen, cada uno enfiló sus ejércitos contra el otro. La quijada mortífera dió el golpe final, el menor derrotó a su hermano Goliat con un ataque sorpresa, utilizando sus mismas armas: las trampas, el oportunismo, la venalidad, la ayuda de los traidores que se alinearon a su lado.
Aunque sabía que su efímero triunfo sólo duraría un momento, alardeó de él eternizando el instante: el mayor rating era suyo.
Los cielos se han oscurecido, los ríos se han vuelto sangre, los mares se han cubierto de lava ardiente. El sol devora al océano, pedazos de cielo caen, la inundación da paso al desierto y la tierra es ahora el infierno, el cementerio de todo lo vivo.
Nadie sobrevivió a la destrucción, los últimos gritos de dolor han cesado, el último llanto murió con la última lluvia de fuego. El silencio y la oscuridad son casi absolutos. Casi. Todavía puede percibirse la estática de una televisión encendida.
Desechó la primera porque al tomarla con fuerza se desmoronaron las orillas. La aventó con rabia y tal como supuso, se terminó de deshacer al contacto con la tierra. Irritado, vio que sólo había muy pequeñas. Agarró la más grande pero al levantarla la sintió muy ligera. Entonces notó que a varios pasos había dos de buen tamaño. Dejó caer la que tenía en la mano y caminó para tomarlas. Las levantó al mismo tiempo, una con cada mano. La más pesada era lisa, salpicada de manchas blancas como el mármol; seguro era de río, barnizada por el agua, abrillantada por el sol, pulida por el beso de la corriente incesante. Pero le gustó más la otra: fraccionada en capas, rota en varios ángulos, con sesgos cortantes, hirientes; con puntas filosas, talladas por el odio y la justicia. La calibró haciéndola saltar en su mano, complacido porque tenía el peso exacto para cortar el aire, separándolo en dos. Esperó que se diera la orden... y la lanzó con furia hacia la frente de la adúltera.
MIMOS
Desde que las elijo empiezo a sentir placer. Las admiro desde afuera, lo poco que la ventanita de su empaque me deja ver. El color translúcido, el brillo, el tejido. Las abro como un regalo. Las tomo con delicadeza; de preferencia antes de pegarme las uñas, no vaya a ser la de malas y se rasguen. Las despliego en el aire, dejándolas caer como una brillante cascada. Las acaricio, paseo mis manos por toda la frágil y fina tela, sintiendo la sutileza, la lisura. Las alargo preparándolas para que no les resulte agresivo cuando les dé el estiramiento definitivo, cuando meto la punta de mis pies hasta hacerlos coincidir con su punta, y suavemente las deslizo por mi pantorrila depilada e hidratada. Despacito, con cariño. Con las yemas de los dedos voy estirándolas poco a poquito, envolviendo mi muslo con la ternura de seda, con la caricia de lycra. Nunca las obligo a dar más de lo que son capaces de dar, nunca las fuerzo, nunca las maltrato. Nunca las trato como no quiero que me traten a mí, con torpeza, con violencia. Con desprecio. Como cuando me gritan en la calle: -¡Órale, pinche puto!
*Historia modificada de la serie Una Mujer, siete pecados.
"De encaje rojo", ordené a la dependienta. Ignoro su mirada irónica; qué va a saber ella. Qué sabe del efecto que el encaje produce en ti. Qué sabe de tu mirada, de tu voz, de tus labios. De tus manos que ya no se contienen y que actúan por sí mismas, libres, locas, imprudentes. Que bordan cada giro de cada figura y dibujan nuevamente cada tejido, que estiran y acarician cada hilo, entretenidas en restregarse contra la rugosa textura hasta enrojecerse, hasta rozarse e irritarse pues el encaje no tiene la gentileza de la seda o la amabilidad del algodón, No, él es agresivo, irreverente; provocador. Por eso te gusta, por el temperamento con que te reta y por la fragilidad con que se rasga, que se rinde ante ti y ante tus embates cuando lo atacas sin mesura, no nada más con las uñas, no nada más con los dientes. Qué sabe ella de esa batalla. Qué va a saber.
La gota de agua helada que resbala por la superficie, es idéntica a la de sudor que se desliza por su frente. El contacto con la escarchada cubierta metálica resulta gratamente refrescante. No reprime el impulso de pasar por su ardiente mejilla la fría capa de aluminio que lo revitaliza. Jala hacia arriba el seguro de la lata y el chasquido que produce su ruptura le anticipa el goce, el placer y el sabor del helado líquido que erupciona en pequeñísimas gotas, alcanzándo su rostro cuando se acerca la abertura a la boca, para derramar en su interior la bebida que lo inunda de burbujeante frescura; acumula la cantidad suficiente antes de pasar cada trago, hasta que encuentra la satisfacción de haber saciado plenamente su sed, la cual anuncia con una exhalación hedonista.
-¡Corte! –grita el director. Justo a tiempo de que no quede en video, el apuesto rostro descompuesto por un eructo.
Es una mota de algodón que palpita con timidez. Lo apretó contra su pecho queriéndole transmitir calor. -Despierta- le rogó. Lo ha visto durante dos semanas. De todos es su preferido. La madre le reclama que se lo quite pero ella la tranquiliza acariciándole la cabeza. -Se parece a ti- le dice conciliadora -es igual de flojo-. –Despierta– le vuelve a pedir mientras pasa sus manos infantiles por el pelo abundante y dócil, cual pelusa o algodón de azúcar. Lo siente temblar con tibia dulzura, como si sólo fuera un corazón envuelto en peluche. Lo acaricia con cariñosos roces, consolándolo cuando gime quedito. Con lentitud, casi con pereza, se abrieron indolentes los ojos, despertando a la vida.
Era la Navidad del ‘52. En donde ahora hay un Wal-Mart, antes estaba la planta automotriz Ford. Fue la hermana de mi cuñado quien nos avisó que había trabajo ahí: había que ayudar para la cena de fin de año que les hacían a los trabajadores. Corrí junto a mis hermanas y mis vecinas para unirnos al grupo formado por muchas mujeres mas. “¿Qué vamos a hacer?”, pregunté con la impertinencia de mis catorce años. “Sangüishs”, me dijeron. Me quedé igual, no sabía que era eso. Tampoco lo supe cuando me pusieron el paquete de Bimbo enfrente. Imitando a las demás, abrí la bolsa y saqué una rebanada, con tanta torpeza que apachurré la suave y esponjosa capa, miré con terror a la supervisora, esperando el regaño. Ella dijo que no importaba, que agarrara otra... y que si quería me comiera ese pan. “¿Esto es pan?”, pregunté asombrada, mientras tocaba con extremo cuidado el blando migajón, sin atreverme a hundir los dedos en su acolchonada superficie. Mis hermanas se unieron en mi exploración tocando la masa fofa e inconsistente, que se aplastaba con facilidad ante la presión de nuestras yemas. “Está bien esponjosito”, dijo la menor; “sí, parece un colchón”, le respondí, haciendo como si mis dedos tomaran una siesta. Entre las risas de las demás partí un pedazo y, temerariamente, me lo metí en la boca, sintiendo como se deshacía entre mi lengua y los dientes, y como se me pegaba al paladar. No sé que cara pondría, pues mis hermanas me preguntaron angustiadas si sabía muy feo. "No, sí está bien rico", contesté con la boca llena, pues al instante que la abrí, me metí otro pedazo. Me imitaron llevándose las rebanadas a la boca, riéndonos de la sensación que nos provocaba descubrir su sabor y su textura. La supervisora nos animó a que lo probáramos con mayonesa y jamón, ofreciéndonos de los que ya tenía preparados. Comimos uno tras otro. Y seguimos comiendo durante todo el día mientras, al más puro estilo Ford, preparábamos en serie los cientos de emparedados necesarios para la fiesta. Una untaba, otra rellenaba, otra envolvía... todas festejábamos. Al final, regresamos corriendo a la casa, a la que llegamos cargadas de bolsas con pan de caja, jamón, chiles en vinagre... y cinco pesos para nuestra propia cena de Navidad.
Un frío seductor corre hacia la espalda desde la punta del dedo, antes de sentir la fina hoja de acero penetrar las capas de piel, hasta que la sangre inunda la pequeña herida. La mano derecha se mantiene firme al sostener el mango del que sale la hoja, abrazando la madera cálida, toscamente limada, que deja ligeras astillas incrustadas en su piel. Su madre suele utilizarlo para abrir las ostras sobre las que exprime la mitad de un limón. Mientras comprueba su filo, piensa en el indefenso molusco retorciéndose de dolor; nunca ha podido comerlos por pensar que siguen vivos mientras se los traga. Imagina las gotas del limón sobre la cortada que acaba de hacerse en el dedo índice y se vuelve a estremecer. Desliza sus dedos por la superficie lisa y pulida del acero; con las yemas empuja la punta de la hoja, que se dobla en una helada sonrisa. La flexibilidad se pierde al soltarla, transformándose en un sólida guillotina que cae sobre los dedos del hombre vendado que tiene enfrente.
-Mándaselos –ordena en voz alta, lo necesario para imponerse a los gritos de dolor.
La imagen del suelo quebrado, agreste y marchito, desecado por la falta de humedad, con grietas profundas, ramificadas en toda la extensión del terreno erosionado a causa de una severa sequía, debajo de cadáveres de árboles extintos, debajo de un sol violento y rabioso, inconmovible; imagen que anuncia la muerte, el hambre y la sed; que habla decosechas perdidas, de animales deshidratados y moribundos, de niños sin fuerza para llorar de sed, de comunidades enteras desprovistas de sustento básico. Y sin embargo, es uno de los paisajes que me parecen más hermosos. Extasiada ante el poderío de una naturaleza inclemente, me siento culpable de sentir placer ante lo que implica la desgracia de otros.
Pienso también en la belleza salvaje de la tormenta que se divierte con una embarcación que de pronto se sabe frágil; en la exuberancia del tornado que dobla tanto la voluntad y la gallardía de los árboles, como la arrogancia de construcciones humanas; en la ola colosal inundando ciudades, reclamando el espacio que sabe le pertenece. En los músculos largos y tensos del depredador felino al saltar sobre la etérea gacela, tras la danza de su frustrada huída, de la sangre rojo enardecido brotando del cuello lacerado. La gracia de la caída del cóndor sobre un minúsculo roedor; la terrible ferocidad del cocodrilo sacudiendo la cría de capiwara que aprisiona entre sus hileras de fatales dientes.
¿Soy culpable? ¿Es esto lo que sienten los espectadores de películas snuff, las mismas que a mí me horroriza el sólo hecho de pensar que existen? ¿Es belleza lo que percibe aquel que roza con sus labios, la cicatriz del vientre de su amada? ¿Es goce estético el de esa misma persona, al observar la grabación del momento en que nace su hijo? ¿Busca lo bello el que asiste a un espectáculo de sexo en vivo? ¿Lo encuentra? ¿Se halla belleza en los ojos húmedos de una mirada huérfana de afecto?
Y de esa búsqueda incesante, estéril, frenética de la belleza en el cuerpo humano. No en el cuerpo amado. No en los labios cuyo sabor se reconoce, no en los muslos que invitan a descubrir o a perpetuar el placer, no en el cuello que se estremece al aliento. Sino en el cuerpo marcado con tinta negra, localizando los puntos a invadir y seccionar; en el cuerpo cuya carne se amasa, sedrena, se jala, se troza y se rellena hasta hacerlo encajar en el molde del canon actual. Senos de anómala redondez e inmunes a la acción de la gravedad; narices limadas con percepción restringida de olores; colágeno que opone resistencia al beso; grasa que emigra hacia pantorrillas, pómulos o glúteos; costillas extraídas sin que den vida al ser complementario. Y nuevos Frankensteins salen de clínicas privadas, orgullosos de no ser lo que son, de la negativa y rechazo a sus genes.
El uniforme actual no sólo incluye el mismo modelo de pantalón de mezclilla, también precisa de la misma talla de nariz y escote; de la juventud que se eterniza a fuerza de botox e inexpresión facial. Que exige el riesgo de traer gelatina, aceite o silicona industrial debajo de la piel. Que obliga a niñas de nueve años a vomitar el almuerzo para suprimir la curva del vientre o a consumir esteroides para abundar las de las caderas.
¿Qué tipo de belleza encuentra en su reflejo, la joven de 34 kilos que sigue negándose a comer? ¿O quién ya no reconoce su rostro? ¿Qué se tendrá que hacer después de que este prototipo de belleza pase de moda? ¿Qué motivación tiene el que sólo encuentra una persona en el espejo? No una utilidad, no una mercancía para ofertar, no una razón para alimentar el ego. Sólo una persona.