lunes, 18 de mayo de 2015

Jugar a Matar


Jugar a matar. Matar jugando. Se habla de descomposición social, y sí, no hay como negarlo (menos en la situación que nuestro país vive en estos tiempos), pero también habría que pensar en la naturaleza humana, habría qué preguntar qué detona el impulso asesino, incluso en las mentes más jóvenes, y especialmente cuando se actúa en grupo, cuando hay quien aplaude y azuza divertido, cuando el compañero de juego se entretiene con nuestra crueldad. 

Los detalles del asesinato de un pequeño de seis años por sus compañeros de juego, unos adolescentes que jugaban a ser secuestradores, incomodan por crueles. Golpeado, ahorcado, mutilado, apuñalado... es difícil imaginar un juego tan sádico, pero en lo particular, me es también difícil no recordar y no relacionar este caso con el que nos estremeció en 1993, cuando dos niños ingleses, de diez años, asesinaron a un pequeño de dos, después de atraerlo en un centro comercial, invitándolo a jugar, para en realidad secuestrarlo y torturarlo hasta la muerte con golpes y toques eléctricos.


Y también me es difícil no recordar el caso de la pequeña Mary Flora Bell (Inglaterra, 1968), la más fría y famosa de los asesinos infantiles, que se regodeaba preguntando a los familiares del niño de tres años que asesinó, detalles de como fue encontrado el pequeño cadáver, fingiendo una compasiva curiosidad. Tal como pasó en el caso actual, Mary Bell, de once años, y una amiga invitaron a un pequeño vecino (de tres años) para que las acompañara a jugar, pero terminaron golpeándolo, ahorcándolo y mutilándolo. Era su segunda víctima. Otra similitud con el caso actual es que las victimarias se acercaban a los familiares fingiendo interés y colaboración. 



A pesar de la corta edad de los asesinos, los pequeños agredidos son significativamente más jóvenes, vulnerables física y mentalmente, y aceptaron seguirlos para unirse al juego, brindando su confianza y simpatía, buscando amistad, diversión y compañía. En estos tres casos hay elementos comunes a pesar de las diferentes épocas y localidades, entre ellos, que los niños asesinos son de barrios marginales y no tenían suficiente supervisión paterna. 

Pero otra reflexión me lleva al caso de la joven japonesa Junko Furuta, secuestrada a los quince años por sus compañeros de escuela, violada e inhumanamente torturada durante 44 días por esos cuatro adolescentes (y por algunos miembros de la mafia Yakuza, a los que invitaban en ocasiones), hasta que la muerte la salvó de seguir siendo lastimada de manera inenarrable. Uno de esos jóvenes sí se había iniciado en la mafia japonesa, famosa por su crueldad, pero los otros tres sólo eran estudiantes que le colaboraron al principio para que se vengara de la joven, por rechazar sus pretensiones amorosas, pero al final participaban en las crueles torturas no sólo aplicándolas sino incluso idéandolas, compitiendo por quién inventaba una nueva manera de agredirla y prolongar su sufrimiento. Este caso tiene alguna similitud con el de Sylvia Likens, otra adolescente secuestrada y violentada hasta la muerte, pero esta vez por la familia que cuidaba de ella y de su hermana menor, participando en su maltrato todos los miembros de esa familia, incluyendo a los niños y adolescentes, así como sus amigos y vecinos jóvenes, a los que invitaban a presenciar y participar de las vejaciones que le infligían. 

Aunque hay una diferencia notable con los otros casos, pues al contrario de la espontánea colaboración de los primeros, en estos dos se puede decir que hay una paulatina degradación que acostumbra a los más jóvenes a la violencia, deshumanizándolos, sin embargo, dos cosas me llaman la atención y me hacen comparar todos estos casos, la primera es que al actuar como parte de un grupo los límites parecen desdibujarse, permitiendo que la conducta personal se relaje hasta estos preocupantes niveles (tal como pasa en los linchamientos y en el bullying). La segunda es la condición de total indefensión de la víctima. ¿Qué provoca tener el poder total sobre otra persona? ¿Cómo nos transforma esto? Google no me ayuda para localizar la referencia a un performance en que una artista se mantiene inmóvil durante un tiempo determinado, ante un público que aumenta sus interacciones hacia ella de forma cada vez más agresiva, dejándola semidesnuda y manchada de pintura y otros materiales dejados a su alcance, y huyendo cuando se termina el tiempo establecido y la artista deja su inmovilidad, encarándolos (por favor, si alguien sabe el nombre de la artista y de la intervención, déjenmelo saber), es un buen ejemplo de cómo se transforma la actitud y la conducta cuando nos sentimos con poder sobre otra persona. Los malos jefes, los malos padres, los malos cónyuges y los malos funcionarios públicos son otro ejemplo cotidiano... pero nada de esto logra quitarnos de la cabeza la pregunta:

¿Qué lleva a un niño a ser cómplice y partícipe de actos como estos?

Además de los niños sicarios, realidad aplastante de lo que la descomposición social significa en países como el nuestro; además de los niños entrenados por terroristas, guerrilleros o traficantes en países de Centroamérica, África y Medio Oriente; además de los niños francotiradores que asesinan a sus compañeros de escuela en Estados Unidos y algunas ciudades europeas; además de los niños atrapados en las redes de la delincuencia en los barrios marginales de los espacios urbanos, que terminan cometiendo asesinatos como parte de su actividad criminal; estos niños que salen de sus casas buscando desaburrirse, que no tienen planeado terminar el día convertidos en homicidas, que descubren el placer en el sadismo mientras juegan a ser verdugos, que no registran las consecuencias de sus indolentes actos hasta que sienten la urgencia de esconder las evidencias de su barbarie, que no volverán a ser los mismos ni a volver a su rutina, a su aburrida rutina de la que lograron escapar perdiendo su cuota de humanidad, su libertad y su futuro, estos niños, ¿qué reflejan de nosotros? ¿Qué sociedad los formó?

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